Conferencia del Dr. Mario Wainfeld sobre “La representación política argentina y su proyección en el mundo” 24 de agosto de 2005, Auditorio del ISEN Quiero agradecer especialmente y valorar la oportunidad de tratar de salirse del fárrago de la actividad periodística. He elegido como hipótesis de trabajo hacer una mirada sobre la crisis de representación en la Argentina que será necesariamente veloz, tendrá demasiados puntos suspensivos. Advierto desde ya una cuestión casi metodológica: es proponerles que nunca crean en el enfoque de un periodista. La cercanía con los hechos es un problema para conocerlos, por lo menos genera un tipo de escepticismo y un tipo de facilismo de interpretación del que trato de huir“ y seguramente no lo logro del todo, insisto son una serie de apuntes preliminares. En primer lugar trataré de ir muy velozmente de lo general a lo particular. Los gobiernos están en problemas en todo el mundo. La actividad política tiene una dificultad severa en el complejo diseño de las sociedades en las que nos toca vivir. Las agendas de los gobiernos contienen todos los problemas de hace cien años o cincuenta años, y unos cuantos más. Las demandas son planteadas con muchísima mayor celeridad, muy potenciadas en sociedades como la nuestra por el frenesí mediático que impone un ritmo que ningún gobierno del mundo le puede consultar o satisfacer, los tiempos de los requerimientos mediáticos se imponen en una medida severa sobre los gobernantes que están básicamente incapacitados, no por su incompetencia sino porque se está discutiendo desde lógicas distintas para complacer las demandas en el tiempo en que se plantean. Esa impotencia no solo afecta a países relativamente pequeños como el nuestro, sino a todos los países del mundo. Aún en grandes potencias los gobernantes se encuentran sometidos a una serie de requerimientos que uno diría por definición no pueden resolver. O sea: el mundo es muy complejo, lo que ha venido a llamarse globalización, impone condicionamientos sumamente severos. No hay ningún país del mundo, ni siquiera los enormes, y no es nuestro caso, cuyo gobierno pueda resolver todos los problemas que se le plantean a sus habitantes, y sin embargo esos problemas se le plantean. Si se me permite dar ejemplos sencillamente impresionistas: para el gobierno argentino es mucho más importante el precio internacional de la soja, una crisis en China, un cambio drástico de política de reserva monetaria de Estados Unidos, una crisis en Brasil, que algunos de los problemas que tenemos acá. El Presidente puede o no enojarse con Daniel Scioli, puede o no ganar las elecciones pero si hay una catástrofe política en Brasil estará en problemas mucho más severos que si disciplina o no a Scioli y si le gana o no a Duhalde. Es importante si el Presidente le gana a Duhalde o no le gana a Duhalde, y no solo para el Presidente sino para la Argentina. Es importante el resultado de las elecciones en un país democrático, es importante que haya elecciones y que se resuelvan limpiamente, lo que estoy diciendo es que si el Presidente argentino pudiera pensar “qué es lo que más me importa”, tendría que irse a Brasil a resolverle los problemas a Lula. Ahora, el Presidente argentino no puede hacer eso. A esta altura los gobiernos hacen un par de cosas interesante en ese sentido, tienen más interacción y dialogan más. Lula de alguna forma participó de la campaña de Néstor Kirchner, Néstor Kirchner participó de alguna forma en la campaña de Tabaré Vázquez, seguramente se reunirán a rezar para que la Concertación Chilena gane las elecciones o algo por el estilo, pero todo esto dicho lo que pueden hacer es algún gesto. Las agendas de los gobiernos son muy vastas, los reclamos son muy vastos y la posibilidad de incidir sobre los hechos está muy acotada. Es decir, los gobiernos se parecen en eso, en las posibilidades que tienen, bastante más a los gobiernos del siglo XIX que a los requerimientos del siglo XXI, y no por sus incapacidades sino por la lógica que tiene el poder político que es territorial, que está afincado como un territorio, que tiene raíces acá como un inmueble, en un mundo que funciona más bien como Internet. Sobre todo este tema hay un autor que a mí me fascina que es Zygmunt Baumann, un hombre del este europeo que escribe en Inglaterra. En la Argentina, quizás Ricardo Sidicaro tiene una visión sarcástica, muy irónica y rica de esto, de la impotencia de los políticos frente a las cuestiones que se le plantean e inclusive de la arrogancia que tienen. En realidad, un político no podría pararse en una tribuna y reclamar cinco votos diciendo esto “yo no voy a resolver el setenta por ciento de los problemas que tiene la Argentina, están fuera de mi agenda y no los voy a resolver”. Esto es general, es un problema mundial, en algunos países las cosas funcionan mejor que en otros porque las sociedades civiles funcionan mejor, porque las instituciones son más consolidadas, porque tienen más poder económico, por muchas variables pero es un problema bastante extendido. En América Latina el cuadro tiene algunas especificidades. El primero es evidentemente el esfuerzo de institucionalización democrática que se ha hecho a partir de los años 80 que ha pasado por distintas etapas y que me parece que en esta etapa se está acercando a un régimen de una peculiar estabilidad democrática no tengo una definición para ella pero propongo una mirada, o sea hay en general una tendencia al recambio democrático pero cada vez los gobiernos son más volátiles. Hay un nivel de volatilidad alto, al cual la Argentina no termina de integrarse del todo ni de escapar. La Argentina es más estable que Ecuador, es menos estable que Chile pero se encuentra en un nivel de cierta volatilidad política. Los recambios militares están muy desautorizados por las sociedades y parecen tener muy poco anclaje, muy poca perspectiva, han pasado de moda, si uno quisiera decirlo en términos livianos. Uno podría hacer reflexiones más profundas y encontraría buenos motivos, pero ciertamente de cualquier forma tampoco las rutinas institucionales se pueden consolidar con facilidad lo que tiene una correlación no automática pero importante con el déficit de satisfacción que producen esos gobiernos democráticos. Hay un nivel de insatisfacción con los resultados de los gobiernos democráticos que va generando una volatilidad que se resuelve con remiendos dentro de cierta lógica de continuidad, con un nivel de riesgo que se percibe cada vez más cercano salvo en dos o tres lugares que parecen estar más estabilizados, que viven llevándolo mejor pero que (me temo) en cualquier momento se van a contagiar de la situación común. No muchos de los gobiernos argentinos elegidos por el voto han terminado regularmente su mandato. A decir verdad, lo han terminado nada más que dos, que son los dos gobiernos de Carlos Menem, o sea Menem se entregó la banda a sí mismo, en un episodio de improbable constitucionalidad pero en todo caso de un formalismo bastante acabado con una Asamblea Constituyente, con votos, con ratificación popular, que eso uno puede discutir algún detalle por ahí pero“ bueno. Y luego Menem le entregó la banda a Fernando De la Rúa, en un proceso que en términos argentinos fue de un nivel de prolijidad altos. Raúl Alfonsín terminó en forma más abrupta en un proceso que tenía relativamente poco gravamen institucional porque en definitiva su sucesor estaba electo y entonces impactó menos, pero algún daño a la lógica institucional ahí hay. Fernando De la Rúa terminó en forma lamentable, Eduardo Duhalde adelantó la terminación del mandato y de Rodríguez Saa “ no voy a dedicarle más diez minutos a un Presidente que duró una semana es demasiado para una conversación de media hora De cualquier forma, lo que viene ocurriendo es que hay una institucionalidad más o menos sostenida con características argentinas. Por un lado, hay una participación pública aceptable muy fundada en la tradición de la Ley Saenz Peña. Es un país en el cual en general se vota, el voto es obligatorio, en parte por cuestiones legales y en parte por cuestiones culturales, nadie sabe muy bien cuál es la sanción por no votar. En la práctica tal sanción no existe. Hay todavía proporcionalmente en la Argentina, respecto de otros países, mucha gente que vota, uno podría decir que comparativamente los niveles de fraude son bajos y en grandes distritos urbanos propenden a la nulidad o son muy escasos, y es un sistema que en su aspecto formal de la participación más básica de la población funciona sin mayor estrépito siendo que es muy claro que en su funcionamiento cabal solo pueden prosperar los partidos que tienen muchos recursos. Esto está teñido por un gran descontento, me parece, respecto del desempeño de los regímenes políticos que han venido sucediendo en especial porque la Argentina ha perdido niveles de bienestar y de igualdad que supo tener en otros tiempos. Los argentinos tenemos como una característica que quizás no es común a todos los países latinoamericanos, una idea de despojo y una fascinación por nuestro pasado medido aún en términos individuales o de grupos sociales. Debe haber muy pocos argentino que no piensen que alguna vez lo pasaron mejor. Cierto o no, alude a una visión cultural que no me suena que sea tan común en otros países. Nosotros en general tenemos la marca cultural de pensar que nos privaron de algo. Es decir, en la Argentina hay privación, cada uno tiene su relato: nos privaron del Estado benefactor, nos privaron de la seguridad, nos privaron de jubilación, nos privaron de tener trabajo, de una perspectiva de futuro. Hasta el corralito es un dato de privación: “yo tenía plata en el banco y de repente no la tuve más”, una idea de insatisfacción que supone un pasado mejor, que influye en un fenómeno cotidiano, una carga de rencor que es muy patente entre los ciudadanos y que es una marca que se proyecta a las acciones políticas de todos. Una sociedad demandante, una sociedad con una capacidad de movilización importante, una sociedad bastante jacobina en su forma de protestar es la Argentina. Somos pocos los argentinos que no salimos a la calle, sale la clase alta, la clase media, los piqueteros, cada uno a su modo, hay piquetes, hay tractorazos, hay movilizaciones de Juan Carlos Blumberg. Muchos sectores salen a la calle, y todos, algunos más otros menos, somos un poco agresivos, un poco intolerantes, excesivamente desafiantes con el otro, con el testigo. Es una sociedad que tiene un nivel de reclamo alto. Un punto que sostengo yo es que es imposible legislar y gobernar esta sociedad sin aceptar que su modo de reclamo es ése, es un modo fastidioso. Varias discusiones públicas llegan a un déficit por no entender que la gente cuando se moviliza en la Argentina, la verdad, es provocadora, porque somos así, por lo menos en los grandes centros urbanos tenemos una carga de agresividad urbana alta, digamos una forma desafiante, somos un tanto jacobinos y yo creo que eso en algún debe entenderse, aún cuando se habla y se discute protesta social. Debe entenderse cuando se piensa en los niveles de insatisfacción que hay en esta sociedad. Esta es una sociedad demandante, crispada, que piensa en un pasado mejor y todo esto añade una crisis de representatividad que excede los límites de nuestro territorio pero que aquí por ahí tiene esas características. Otro dato local es gobiernos que básicamente han producido el desmembramiento del Estado y un crecimiento de la desigualdad, por decirlo en forma sintética, son gobiernos cuyo plexo doctrinario propone prolijamente lo contrario. En el mundo hay algún tipo de peronismo de nuevo cuño o algo similar, alguna experiencia como la de Chávez con algún remezón con el peronismo del ´55, pero no hay tantos partidos nacionales y populares que hayan durado tanto tiempo, y partidos radicales que hubo en el mundo, en estos momentos de cierta raigambre, no hay ninguno. Me puedo equivocar y puede haber uno, pero no es un fenómeno instalado, los dos grandes partidos argentinos tienen en su discurso un planteo vastamente distinto de aquello de lo que han hecho. O sea, en la Argentina no ha gobernado Margaret Thatcher, no ha gobernado Resgan, no ha gobernado Bush, no han gobernado fuerzas políticas que más o menos preconizan algunas de las cosas que se han hecho acá de modo mucho más arrasador. Eso duplica, si se quiere, la insatisfacción porque hay una especie de falsedad mayor en la propuesta política mayoritaria y la de los gobiernos. Sobre esta base de creciente insatisfacción, la Argentina, que viene de crisis en crisis, ha acelerado su crisis y ha encontrado en este momento un oasis de relativa calma que habría que explorar en los últimos cinco o seis años. Este proceso de decadencia, de insatisfacción creciente, de crispación ciudadana, viene de largo pero del 2000 en adelante se acelera fenomenalmente y suscita un par de características que vamos a reseñar. Lo primero que me parece es que la Argentina. un país que dentro de todo tuvo un Estado bastante expandido, bastante presente, con ciertas aptitudes, vio desgajarse su Estado en forma aplastante con algunos datos impresionantes, como por ejemplo que circulaban catorce o quince monedas hace un “ratito”. Eso se olvida con velocidad porque es un país que para algunas cosas tiene una capacidad de olvidar asombrosa pero en algún momento este país tenía una moneda, lo que se llamaba cuasi moneda, que circulaba solo en territorio provincial, pero habíamos vuelto más o menos al esquema de 1820, cruzado con la lógica del capitalismo, con un nivel de carencia muy grande y un nivel de fragmentación inmenso del cual aparentemente nos hemos recuperado, y por ahí está el núcleo de lo cual quiero conversar. Entre el año 2000 y el 2001, la Argentina atravesó una crisis cuyos datos todos ustedes conocen y no repetiré, de los cuales me gustaría remarcar, sencillamente por economía de la exposición, dos. El primero que hubo una elección en 2001 en lo cual se produjeron dos fenómenos que me parece interesante señalar: el primero es que el Presidente de la Nación dijo expresamente que su gestión no se plebiscitaba y aún planteó que él no participaba en las elecciones. El segundo es que hubo un aluvión de formas de votos críticos que existían acá y allá pero que se manifestó muy drásticamente y que por otra parte fue leído como tal por la población, por los analistas y por los intérpretes, siendo esto, lo que se llamó “voto bronca”, del cual tal vez las formas expresivas del voto en blanco más que la no participación me parecen las más llamativas. Que una persona vaya, vote, y diga que está en total desacuerdo con toda la oferta electoral que se le propone. Los cálculos de ausentismo electoral no siempre son confiables. No siempre se desagregan las personas que no tienen obligación de votar, legalmente inclusive, respecto de las que no votan. Hubo también manifestaciones muy asertivas de voto crítico y hubo una traducción pública que fue que el Presidente perdió por demolición el plebiscito y esto fue un dato de enorme peso dentro de las circunstancias que vinieron después que desembocaron en la crisis y en su salida a fin de ese mismo año. En esa crisis surgió otra cuestión que es imprescindible señalar en esta reseña lo que se llamo el movimiento “que se vayan todos”, o sea el surgimiento de algunas formas de expresión colectiva bastante novedosas, muy urbanas, muy ligadas a sectores medios que no tenían niveles de participación en la política, que pareció darle alguna lógica que alumbró lo que iba a pasar después. Yo creo que el movimiento “que se vayan todos” está ahí detrás en la Argentina y me parece que también forma parte, en su latencia, del cuadro de representatividad o donde transita hoy la representatividad en este país. Pasando rápidamente sobre los episodios de 2001, yo creo que hay algo que he visto en perspectiva, en la muy somera perspectiva que ofrece el paso de apenas cuatro años, hay algo que me gustaría remarcar, entiendo que puede ser polémico, pero que no está tan dicho expresamente. La crisis del 2001 se llevó a dos Presidentes. Se llevó a Fernando De la Rua y demostró que es muy difícil gobernar sin consenso y gobernar sin votos, y me parece a mí que es casi imposible gobernar sin el peronismo en la Argentina. El segundo Presidente era peronista. Rodríguez Saá podría haber contado con el peronismo. Lo perdió muy pronto, porque rápidamente se enconó con la opinión pública, con la ciudadanía, con la gente y muy especialmente con la población activa y muy belicosa. A Rodríguez Saá también le cupo el “que se vayan todos” siendo en principio más viable (por ser peronista) que Fernando De la Rua. Yo diría que las dos experiencias y no una, obviamente la De la Rua es más redonda porque De la Rua gobernó, hizo cosas, nombró gabinetes, deshizo parte de su coalición, produjo medidas económicas; Adolfo Rodríguez Saá fue un flash, fue un fogonazo pero creo yo que la experiencia de los dos signó la mentalidad y la forma de gobernar de los dos Presidentes que vinieron en un sentido que me parece interesante de rescatar. Es entender que la sociedad argentina es una sociedad cuya opinión pública es muy excitable, muy crispada, muy insatisfecha y tiene, si no un golpe de knock-out, algo muy parecido respecto aún de regímenes estables y ni qué decir respecto de regímenes cuya legitimidad está en un brete. Me parece que en el actual Presidente es muy visible. En Eduardo Duhalde no fue tan visible por algo difícil de explicar. Es que Eduardo Duhalde entendió bastante bien que no se podía agredir a la opinión pública permanentemente como como pauta de gobierno y se lo olvidó durante una semana. No diré por qué se lo olvidó o porque dejó de lado eso, yo diría que Eduardo Duhalde entendió que esta sociedad tenía por ejemplo como requerimiento un nivel de catarsis o de protesta colectiva casi insoportable para cualquier gobernante y que él tenía que soportar. En ese sentido (como dato ilustrativo que en algún sentido habla a su favor) Duhalde no es una dirigente sobre el que, a priori, se pueden hacer ilusiones con esta mirada. Duhalde es una persona constitutivamente de derecha, un hombre de orden, de derecha provincial. Un hombre cuya visión básica del orden si él puede determinarlo se asocia más a agencias estatales fuertes, a razzia, o a por lo menos, veda alcohólica durante determinadas horas. Esta es su marca: un aparato político fuerte, un hombre de orden en términos muy convencionales. Ese hombre de orden se sentó en la Casa de Gobierno a la que había aspirado llegar en otro momento y por otros métodos y admitió un nivel de presencia pública a treinta metros de su ventana que muy pocos Presidentes soportarían en la tierra como idea y la admitió como hipótesis de gobierno. Duhalde decía “todos tienen razón: están protestando los ahorristas y tienen razón, están protestando los jubilados y tienen razón, están protestando los trabajadores y tienen razón”, admitiendo que él no tenía casi ninguna capacidad de transformar esa razón en acciones de gobierno compensatorias, reparatorias. Asumió que lo menos que tenía que permitir patalear a una sociedad enormemente insatisfecha, privada y castigada. Resposansablidades de las cuales cual él era portador pues venía de un partido del cual había hecho mucho por eso y por otra parte pasó a ser parte de un gobierno que tomó un par de medidas que corrigieron o no, pero que agravaron la tendencia, la devaluación incluida para decirlo más brutal, y entendió que todo eso se debía permitir, permitir un nivel de protesta social gigantesco como condición de subsistencia. “Contra la gente no se puede” decía Duhalde y permitir un nivel de protesta excitado, muy fuerte muy desafiante cotidianamente, era el mínimo precio que había que pagar para sostenerse. Esta decisión fue controvertida por el propio Gobierno de Duhalde, en la semana que precedió al asesinato de los piqueteros y en la propia acción de represión que hubo en el Puente Avellaneda y debe decirse que rápidamente el propio Duhalde entendió que el haberse salido de ese carril le costaba su continuidad en el Gobierno. El ya no podía permanecer el tiempo que se había prefijado y que él tenía que adelantar el escenario electoral. En esta coyuntura hay muchas cosas que en este país no se pueden hacer porque su sensibilidad está muy erizada y porque la capacidad de reclamo social es cruzada. A mí me interesa recordar que el día en el que se reprimió en el Puente Pueyrredón, la opinión no estaba tan en contra de esa represión porque a esa altura había cambiado un poco la percepción respecto de lo que era el movimiento de desocupados, los riesgos que tenía, había otra sensación, se estaba implementando el plan jefes y jefas. En realidad, si uno lee los diarios y escuchó las radios ese día, hasta tanto se supo que la represión la había comandado el propio Estado, el clima de opinión fue uno. Esta sociedad puede reclamar perfectamente y este es un dato que me parece se proyecta para el presente, puede reclamar que se reprima pero puede ponerse insoportable o enormemente crítica respecto de si esa represión produce víctimas, con lo cual ocurre uno de esos fenómenos típicos, en el cual la opinión pública pide una medida pero tampoco se hace cargo de sus consecuencias. Si Duhalde entendió esto, lo entendió dos veces a mi modo, lo entendió cuando asumió y lo entendió luego de desviarse (casi en el tributo a su idiosincrasia) en la semana que precedió a los crímenes del Puente Pueyrredón. Si Duhalde entendió esto, Néstor Kirchner lo entendió más. El Presidente actual es un Presidente curioso, en muchos sentidos, y uno primario es que es el único Presidente de esta transición que llegó con pocos votos, transición democrática, salteando a Rodríguez Saá y a Duhalde que fueron transitorios. La marca de los Presidentes argentinos, Alfonsín, Menem dos veces y De la Rúa es un cincuenta por ciento -números redondos- en la votación que los llevó a ser Presidentes, un porcentaje alto en cualquier país y alto en la Argentina también. Kirchner llegó en una elección que prácticamente, despojada del sentido institucional que tienen las elecciones, que unos ganan y otros pierden y del sentido deportivo de la competencia, vista en términos históricos se podría decir que fue un empate entre cinco candidatos, que salieron con un nivel de paridad bastante alto. Cinco candidatos que, salvo el caso de Carlos Menem, tenían poco arrastre histórico, que pertenecían largamente al sistema político pero que tenían una cierta novedad. Así las cosas, Kirchner llega con una especie de debilidad de origen que él reconoce muy bien y que nadie se priva de señalarle y arranca de una conclusión que comparte con el plexo pensamiento de su predecesor y que lo lleva a un nivel que es el de decir: “acá en la Argentina la legitimidad institucional vale poco”. El hecho de ser Presidente de la Nación, el hecho de tener la banda, las atribuciones, un granadero en la puerta, tienen un valor muy relativo. La legitimidad en la Argentina es una legitimidad de ejercicio. El Presidente no sólo corre en pos de los votos que (entre comillas) “le faltan”, no de los votos que no tuvo cuando fue electo, sino que corre para buscar una forma de aprobación cotidiana que considera razón misma de su existencia. Por decirlo apenas con una metáfora, el actual Presidente de los argentinos se levanta todos los días, se mira en el espejo, se pregunta si tiene 50 ó 60% de aprobación; si tiene eso sale a la calle a mantenerlo y si no tiene eso, que en general no le ha pasado, piensa que le quedan 24 o 48 horas de sobrevida, que está a tiro de cacerola. Este esquema que maneja Kirchner, uno puede decir que es acertado o que no lo es, pero no es irracional. El Presidente no ejercita el modo de gobierno que eligió porque es un hombre pasional, impulsivo o temperamental, lo ejercita porque ha llegado a la conclusión que es la única forma en que se puede gobernar este país. Cuando uno dice que es racional no digo que es lo correcto, o sea obedece a que lo ha pensado y ha llegado a esa conclusión. El Presidente cree que hay una exigencia cotidiana en una sociedad sumamente insatisfecha, demandante y muy mediatizada, con una capacidad de protesta muy alta, mucho mayor que su capacidad de propuesta. Me parece que esa visión del Presidente tiene un rango de realidad. La sociedad argentina es una sociedad que ha alcanzado algunos niveles de estabilidad importantes, en parte por su gobierno y también en parte por su característica social. Los días del año 2001 no son representativos de lo que es la Argentina, pero los días de hoy, que parecen días super calmos, tampoco lo son. Si hoy sacamos la foto de Argentina, por ejemplo que no hay grandes movilizaciones, tampoco es la marca de lo que es la sociedad. Esta sociedad tiene el riesgo latente de la incerteza del año 2001, esta sociedad que tiene moneda, que tiene superávit, que fija el valor del dólar en el precio que le gusta al gobierno. De todas formas creo que esa foto también es parcial. Esta es una sociedad en tránsito, en magma, en ebullición, en donde conviven dificultosamente las dos cosas. Creo que también la Argentina necesita una gobernabilidad, acéptenlo como una módica opinión, no tan distinta a la que piensa el Presidente. La Argentina no puede salirse de una forma de hacer política muy pendiente de las demandas cotidianas de los ciudadanos. A su vez, esta sociedad ha tenido una capacidad de recuperación que tal vez habría que considerar otro platillo de la balanza. Esta sociedad produjo el “que se vayan todos” y frente a las elecciones del 2003, produjo un fenómeno prolijamente inverso. En las elecciones de 2003 los partidos eran enormemente capciosos en su presentación. Los dos partidos tradicionales acordaron un proceso sumamente turbulento pero más o menos se acordó que los partidos tradicionales suprimieran sus internas y armaran esto que se llamó neolemas y que en realidad hubiera tres candidatos peronistas y tres candidatos radicales, y ante esa oferta desordenada y desprolija que rompía la inercia de lo anterior hubo un nivel de participación muy alto y un nivel de aceptación de las propuestas muy alto que generó un modelo de representación muy distinta. Creo que esta forma de gobernabilidad encontró en la forma de expresión ciudadana superior que es el voto, en la mejor forma de participación (que no debería ser la única) tuvo un momento de expresión importante de anhelo de estabilidad de la ciudadanía en su conjunto. La sociedad argentina también salió como pudo o está saliendo de su disgregación y recomponiendo su sistema productivo. Su sistema de actividad es también impactante, más allá de cómo estén las cosas que actualmente están mal, más si se compara con los estándares históricos, de cualquier modo hay más actividad y hay muchos sectores que se han recompuesto enormemente. Esta sociedad tiene una propensión al gasto y a recuperar, cada uno en su nivel, partes de forma de buena vida que es realmente asombrosa, inclusive en niveles casi de conservación individual. Es una sociedad que, desesperadamente, se aferró a su unidad. La recuperación monetaria de la Argentina es impresionante y uno podría encontrar textos de numerosos economistas, no todos malintencionados ni todos ignorantes (aunque unos cuantos de ellos lo son) economistas que explicaban que jamás se podía recuperar eso y se recuperó en forma bastante asombrosa digamos, y aparecieron algunos rasgos de institucionalidad que esta sociedad también requiere. Esta sociedad tiene una crisis de gobernabilidad. Los sectores sindicales no se corresponden con la estructura productiva actual, ni los sectores industriales se corresponden con la estructura actual, ni los liderazgos se corresponden del todo con los sectores que dominan en este momento; es decir, los grupos corporativos en general tienen rémoras del pasado aún en como están integrados, están enormemente fragmentados. En estos días se habló de la muestra de la Sociedad Rural. En general la Sociedad Rural se manifiesta como representante “del campo”. En rigor, hay cuatro entidades empresariales que representan al campo y que más o menos aluden a una cierta representación de cómo estaban estructuradas las propiedades hace veinte años. También la representación sindical está en una crisis importante. Y hay crisis de representación en el fútbol, el voley, donde uno quiera ver. Las representaciones públicas en la Argentina están muy golpeadas, las representaciones políticas son las más importantes pero no son para nada las únicas, ni son excepcionales. En medio de esta crisis y en una sociedad que tiene mucha vivacidad, yo creo que también un ansia y una necesidad de institucionalidad que el actual Gobierno ha contemplado, me parece escasamente, en parte porque no es fácil la restauración en la Argentina y en parte porque le ha ido bien como le va, y esto condiciona mucho a un Gobierno que es más bien de ver el día a día. De cualquier forma el actual Gobierno ha producido de distintas maneras dos o tres cuestiones que son institucionales pero que me parece marcan la utilidad que tienen estas cosas que son: la reconstitución de la Corte Suprema, que es un dato que pasa a ser para este Gobierno y para los que vendrán, con su actual constitución, sus características, un nivel de prestigio y de no domesticación y muchísimo más alto que el de tribunales anteriores, un dato de la realidad que ya no se podrá evadir; el otro es el canje de deuda en las negociaciones con los organismos internacionales, que puede gustar mucho o poco, pero que en cualquier caso establece que cualquier gobernante llega y tiene un horrible cronograma de pagos por delante, un condicionante ineludible, pero también tiene un piso de predictibilidad. Es un horizonte muy complicado, muy espinoso, que solo podrá sostenerse con un crecimiento continuo durante muchos años pero de todas formas tiene un piso de predictibilidad. Y por último la política de derechos humanos. Estas tres cuestiones marcan un rumbo del cual será difícil salirse y yo creo que ese rumbo es tal vez lo que deberían ver de sustentar todas las fuerzas políticas a futuro, el Gobierno muy especialmente. Esta es una sociedad en tránsito, actualmente requirente de carisma, es decir personajes decisionistas que resuelvan el día a día y que vean que no hay tiempo para responder, el tiempo para responder es escaso. Por otra parte, creo que esta es una sociedad que tiene una capacidad de recomposición importante, que ha demostrado que tiene una ansiedad muy grande y tiene un requerimiento institucional muy grande. En este marco de representatividad, me parece que es ineludible el hecho sociológico de lo que significa el peronismo en un sentido de gobernabilidad muy vasta, maquiavélica si me permiten la expresión. O sea en la Argentina no es posible gobernar sin el peronismo, le guste a uno o no le guste, le parezca bien o mal. Como un ejemplo ilustrativo me gustaría que se pensase por qué Duhalde fue un poco más viable que el Presidente Mesa en Bolivia y en última instancia fue viable porque Duhalde tuvo al peronismo detrás. Otro ejemplo más local, imaginen si en la ciudad de Buenos Aires hubiera un peronismo fuerte después de Cromañón. Me permito imaginarlo yo y les digo mi hipótesis: si el peronismo estuviera con Aníbal Ibarra, Aníbal Ibarra ya no tendría problemas, si el peronismo estuviera contra él, Ibarra ya no estaría. Por eso llamo “maquiavélica” esta gobernabilidad, porque no entro en de su resultado pero hablo sí de cierta lógica de estabilidad. Todos estos factores que no cierran nada porque no es la tarea de un periodista, me parece que alumbran algo de esto, la idea de lo que es la representación política que sigue en crisis en la Argentina, que ha encontrado en la vocación sistémica de su población un ancla importante en 2003 y en la paciencia básica con que se ha manejado de todas formas un dato relevante y que tiene la impaciencia de la sociedad, otro dato que no puede eludir, esto cruzado con fuerzas políticas que están muy corroídas, muy erosionadas e incrustado en un mundo en el que los políticos están francamente en problemas. Muchas gracias. Pregunta Nº 1: Mirando los fenómenos políticos a largo plazo. La vuelta a la democracia en América Latina tiene contrastes muy grandes y en el caso de Argentina si lo comparamos con el vecino que tenemos con más límites, con Chile, es abrumador. Un país que ciertamente empezó la democracia mucho más tarde que nosotros pero que sin embargo tiene un proceso mucho más institucionalizado que el nuestro y que pareciera que enfrenta con mejoras armas el siglo XXI, donde uno ve sus Presidentes que conversan en inglés con una gran fluidez, dan discursos que llaman la atención a la gente y que tienen una calidad de clase dirigente que hace que el pueblo se quede tranquilo ya que da la impresión que el país puede enfrentar los desafíos de la globalización. Por qué es que un país que era bastante más rico que Chile y que tenía y tiene recursos culturales y humanos como la Argentina no ha podido desde el retorno de la democracia, que ha sido tan tormentoso, encausarse de una forma aunque sea parecida a Chile que está ya pensando, por ejemplo, en tener un servicio público eficiente, en parecerse más a Nueva Zelanda que es uno de los países mejores administrados del mundo, por qué nosotros estamos tan lejos de eso? Mario Wainfeld: Lo voy a defraudar en dos sentidos: el primero es porque no largamente califico para la pregunta, el segundo es que no comparto los supuestos de la pregunta del todo. Yo creo que la dirigencia política de primer nivel de Chile tiene un nivel sorprendentemente alto, en eso concuerdo largamente con usted, es un sector que reconvirtió de otras experiencias políticas con una experiencia de coalición muy importante, muy condicionada por la fuerza política del Pinochetismo que es algo indeseable para mi paladar, que obligó a otras fuerzas políticas a formar una coalición en la cual tienen realmente lo que uno podría llamar cuadros políticos de enorme nivel, muy capacitados. En ese aspecto estoy de acuerdo con usted. Yo creo que el esquema político de Chile recién ahora empieza a ser fuerte, ahí empiezo a discutir un poquito que tan bien está Chile. Yo creo que Chile tiene un nivel de demandas mucho más bajo que la Argentina, o sea Chile tiene desempeños en políticas sociales que son horrorosos que medidos en términos argentinos serían pésimos y que causarían un nivel de protesta mucho más alto que acá. Ahí es donde empieza a parecerme, no por defender a los gobernantes argentinos que no solo ignoran el inglés sino otras cosas, pero sí considero que la Argentina es en algún sentido más difícil de gobernar precisamente porque arrancó de un punto más alto y después bajó, digamos. Creo que la Argentina ha tenido mejores desempeños que Chile en bastantes cosas, menos visibles quizás que algunos datos económicos muy potentes y nada irrelevantes, por ejemplo yo creo que la sociedad argentina es más pluralista que la chilena, es más tolerante, en materia de derechos humanos tiene desempeños enormemente superiores, yo me permito disputar todo este ángulo no diciendo quien es mejor o peor, sino diciendo que, a esta altura desdichadamente para nosotros, somos distintos y hay ciertas asincronías que no se dejan expresar del todo con eso, sin contar de valores como la formación, un nivel de austeridad y consagración a la función pública, nada menor, que tiene la dirigencia chilena que una transfusión de sangre no nos vendría mal. Pregunta Nº 2: Hay una cosa que para mí que es muy contradictoria. Eso de decir que sería más importante para el Presidente o para el Gobierno lo que pasa en China, el precio de la soja, la crisis en Brasil que el problema entre Chiche Duhalde y Cristina Fernández de Kirchner. Creo que hay una lógica muy fuerte en un Gobierno que decide buscar esa gobernabilidad y ese apoyo antes que ir a intervenir en problemas, que yo coincido con usted, pero que en realidad que está un poco más lejos de aquello de inaugurar un puente o una escuela. Yo creo que hay que darle cierta aceptación de lo que usted dice. Que opina usted de esta apreciación? Mario Wainfeld: Le agradezco la observación. Cuando yo dije “las agendas de los Gobiernos los exceden” lo que quise expresar en realidad, es que en realidad los Gobiernos manejan el 30 o el 40% de las cosas que pueden manejar y obviamente se tienen que dedica a ellas y es muy importante que lo hagan. Si el Presidente se levantara y dijera “que puedo hacer yo para evitar que termine la crisis en Brasil” sería un tonto porque no revolvería nada. Brasil siempre “le llueve” a la Argentina, a veces le llueve para mal, a veces para bien, hay momentos que hace falta que llueva y llueve poco, hay momentos que llueve de más. A veces parece que somos como culturas agrarias que vemos lo que podemos resolver, podemos hacer un dique, hacer alguna cosa, tenemos que hacer lo que tenemos que hacer, lo digo casi en forma sarcástica, en realidad lo que digo es que evidentemente tiene que ocuparse el otro, está claro. Pregunta Nº 3: En este país hay muchas variables que cuestan armonizar porque, si bien hay aspectos sociales que faltan resolver, hay aspectos en los cuales se han tomado medidas, por ejemplo el caso de la convertibilidad que le ha permitido al gobierno de Menem mantener un gobierno de prácticamente diez años, pero básicamente lo que veo es que el gobierno que lo siguió cambió la política económica, hizo la devaluación monetaria, etc. Me parece que hay un problema que es que, ante una demanda de un sector, los formadores de información pública no les inducen a decir que tendría que buscar soluciones con los distintos profesionales que existen en el país. Qué le parece a usted? Mario Wainfeld: Ahí me permito discrepar en dos cuestiones. Primero que el gobierno que le siguió a Menem trató desesperadamente de mantener la paridad cambiaria, es decir es una lectura política mía. Yo comparto que nuestra sociedad es una sociedad muy estimulada en donde el debate mediático ocupa un espacio enorme, en esto habrá que resignarse o habrá que entender que las sociedades son un poco así. No hay forma de que los ciudadanos se informen de la política sino a través de los medios de difusión masiva. El mensaje de que los políticos deben conectarse con los ciudadanos a través de instancias más cercanas que la de los medios masivos es un discurso que choca con la lógica de las sociedades. Me parece que es una idea que alude a un modelo de sociedades decimonónicas que no tiene solución; digamos mi prima, mi mamá solo pueden enterarse de lo que opinan los dirigentes a través de los medios masivos, yo creo que es un camino ineludible. Yo creo que la política se expresa necesariamente a través de los medios de difusión. ¿Cómo funcionan los medios de difusión? Funcionan en un diagrama muy excitado, en la sociedad argentina para colmo de alta participación cotidiana, muy especialmente en la radio. Y eso funciona así en todas partes del mundo. En la Argentina me parece que hay un nivel de participación muy alta y es difícil de sincronizar los tiempos de la demanda mediática de los tiempos de las resoluciones estatales o gubernamentales. Pregunta Nº 4: Yo comparto su diagnóstico sobre la Argentina. Simplemente le voy a hacer unas observaciones. En realidad el problema de representación en la Argentina tiene que ver con el poder de transformación de las instituciones. Las transformaciones de la década de los 90, trajeron una transformación del Estado y de todas las instituciones además de la ideología de las instituciones. Eso trajo aparejado una transformación que no ha ido acompañada de una legimitación en el ejercicio ni de los liderazgos, ni de las estructuras transformadas. Por lo tanto, el “que se vayan todos” no es solo un “que se vayan todos” sino es una desconfianza en las nuevas estructuras y el liderazgo de las nuevas organizaciones. Por lo tanto, cualquier desarrollo y explicación de los problemas de los últimos años no tiene que ver solo con los hombres sino también con las transformaciones estructurales que se han producido. Esas transformaciones están conduciendo a una disconformidad completa con las instituciones, con el manejo y con la estructura en general. Mario Wainfeld: Lo que usted dice es inobjetable y alude sencillamente a un recorte de mi exposición. Es indudable que la insatisfacción no es personalizada tal vez traté de decirlo cuando hablé de desempeño en general. De todos modos está claro que las demandas sociales son mucho más precisas en lo que rechazan que en lo que postulan, esto es un dilema propio de todas las sociedades complejas y un desafío para cualquier estadista gobernante. Evidentemente se rechaza un estado de cosas preciso que en general la lucha política personaliza en determinados protagonistas y a lo que se aspira es a algo mucho más complejo. Creo que en la sociedad argentina eso es muy patente y ese es un dato de la relación con la opinión pública que es complejo. La opinión pública pide algunas cosas y no está dispuesta, en muchos casos, a pagar los precios necesarios para esa cuestión, y eso debe de tomarse en cuenta para lo cual el camino se angosta o se dificulta. Pregunta Nº 5: Usted nos ha hablado de una ecuación en la cual hay una sociedad que es muy demandante en la que hay una necesidad del Presidente, al menos, de ganar espacio y de tener mayor apoyo sobre todo frente a las próximas elecciones y que por eso cada vez que se levanta se pregunta cual es su nivel de popularidad; eso sumado a un nivel de prensa muy activa y a un ambiente en general muy mediático. No obliga esto a que la mayoría de las decisiones del Gobierno apuntan al corto plazo y que no le dan la posibilidad de adoptar las medidas que tienen que adoptar los estadistas, que a veces no son atractivas o populares en el corto plazo, pero que son necesarias en el largo plazo para consolidar lo que ya se ha logrado? Mario Wainfeld: Creo que la imposición de un corto plazo es en parte un dato de la realidad y es en parte un reflejo del actual Gobierno en función de que le ha ido relativamente bien en ese aspecto. Entonces cuando los gobiernos aciertan un mecanismo es difícil que se alejen de él. A veces lo llamo “el síndrome de Carlos Bianchi en Boca”. A veces cuando uno obtiene determinados resultados se vuelve un poco escéptico respecto de los que le proponen mejorar su desempeño. A veces escucho al Ministro Lavagna y a gente del Gobierno y a veces uno se encuentra con que dicen “de la tribuna nos piden cosas”. Yo creo que dentro de la relatividad de esto, en el mundo tienen una presión de corto plazo fuerte y acá la presión de corto plazo alude a la subsistencia misma, que es un dato que ningún gobernante elude, ni niega, ni deja de entender. Más allá de esto, yo creo que este Gobierno está empezando a renguear hace un rato de ese punto y creo que sería un desafío y una necesidad para este Gobierno, suponiendo que le fuera bien en las elecciones. Yo creo que este es un Gobierno de medidas. O sea el Presidente Kirchner es un decisionista. Este es un Gobierno de medidas y no de políticas. Este Gobierno ha subido los salarios muchas veces. Nadie sabe cuales van a ser los salarios en algunos meses, no los sabe el Ministro Tomada, no los sabe el Presidente Kirchner. Tomada puede saber un poco más de la voluntad del Presidente, pero en realidad este es un Gobierno que, en parte por su génesis y en parte por un efecto carismático, juega mucho con el factor sorpresa. El factor sorpresa es útil en términos de escena pública. El Presidente en eso es muy peronista. El factor sorpresa es un recurso de un gobernante del que otros carecemos. El Presidente quiere siempre ser el dueño de la buena noticia permanentemente y eso conspira contra un nivel de predictibilidad medio básico que inclusive ya es congruente con la situación económica, cultural y social de la Argentina. No estaría mal tener un diseño de política salarial a dos años. Creo que esta discusión recorre al Gobierno y recorre a los protagonistas que un día piensa una cosa y otro día otra cosa. Pregunta Nº 6: Usted habló de crisis de representación en la Argentina por lo que tendría interés en conocer su opinión sobre si se podría corregir la crisis de representación en nuestro país. Mario Wainfeld: Yo creo que el sistema político está degradado y tiene un problema base muy grave. ¿Como funciona, dicho muy brutalmente? Primero una ciudadanía activa y participante en distintos modos públicos y en las elecciones, con distintos estándares internacionales altos, algo gratificante, móvil relativamente. Los votantes argentinos ejercitan una gran capacidad de veto. La capacidad de construcción es más compleja. DE todos modos, en perspectiva, las elecciones en Argentina nunca son inocentes de sentido. Uno puede decir en el año 1989 se votó tal cosa. A Alfonsín se lo votó por tal razón. De Menem en el año 1989 se esperaba tal contrato y en 1995 se esperaba otro. A Menem se lo votó dos veces por razones diferentes. Todo esto es valorable. Por otra parte, el Presidente actual es una figura disruptiva de la lógica política, es el peronista que menos cree en el PJ. El Presidente actual hoy va a hacer un acto y va a tener a todo el PJ ahí, sacando a algún sector, y por qué lo hace, porque si quiere ganar lo necesita. Quizás está en su cabeza en dos años depender menos; hace dos años también estaba el “depender menos” y eso que el Presidente actual se ha permitido mucho apoyo a la transversalidad y coaliciones con los radicales.
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