Conferencia del Dr. Adolfo Stubrin sobre "La Reforma Política" PDF Imprimir Correo electrónico
Eventos - Ciclo de Conferencias "Pensar la Argentina"

Conferencia del Dr. Adolfo Stubrin sobre “La Reforma Política”
25 de noviembre de 2004, Sala de prensa del Palacio San Martín

Felicito al cuerpo de nuestros profesionales de la Cancillería por esta iniciativa de pasar revista de los temas fundamentales de la Argentina. Este ejercicio es muy alentador porque compromete a los propios actores políticos a continuar entre sí el debate que aquí se abre.

El tema, la reforma política, es un asunto de agenda de la Argentina desde hace varios años. Doy por conocidos los distintos acontecimientos formales que fueron jalonando la instalación y desarrollo de esta cuestión, que además son sus aspectos más conocidos y comentados. Me refiero a que desde la presidencia de Raúl Alfonsín, promediando los años ochenta, en el Ministerio del Interior siempre hubo un capítulo abierto alrededor de la reforma política que comprendía cambios, por ejemplo, en el régimen y los calendarios electorales. Ese conjunto de tópicos fue abordado en los sucesivos gobiernos hasta que últimamente las demandas originadas en la sociedad civil les imprimieron una dramática intensidad. En especial, mientras nos íbamos aproximando al desenlace de crisis del 2001, durante su transcurso y hasta el presente en estas medidas ejercen un impacto que me propongo analizar.

Mi abordaje contempla el plano de las ideas y busca identificar cierto número de vertientes que intervienen en la configuración del presente estado de conciencia u opinión: los sentimientos en la sociedad acerca de la necesidad de una reforma política; los trámites y actividades para satisfacer esa necesidad; los logros, algunos acertado, otros no, de esta reforma política y las contradicciones y frustraciones en torno a su concreción.

La primer vertiente de la Reforma Política se origina ya hace unos cuantos años, durante la transición a la democracia, y consiste en la postulación de un modelo alternativo para reconstituir el sistema político. Es necesario mencionar a Torcuato di Tella como el sociólogo político que más abogó por este modelo hasta que, más recientemente, en la oportunidad propicia esta idea influyó, hasta cierto grado, en el proceso político. Es bastante conocido, Di Tella viene sosteniendo que la Argentina necesita un sistema político alineado según el criterio izquierda - derecha, con partidos que representen claramente las tonalidades de ese espectro, para gozar así de una funcionalidad política semejante a la de los países europeos que le sirven de referencia.

El modelo desea que el peronismo asuma el carácter de partido de la izquierda y en consecuencia propicia una nueva configuración en la cual otras organizaciones políticas ocupen el lugar que en el tipo ideal europeo corresponde a la derecha. El argumento central es que el peronismo está naturalmente articulado con los sindicatos y ejerce, por su intermedio, la representación de los obreros organizados. A pesar de que el número y el peso relativo de los obreros sindicalizados ha disminuido a raíz de los cambios en el sistema económico en las últimas décadas, la idea persistió. Más aún, fue firmemente sostenida aún cuando el peronismo giró, durante los ”90, hacia posturas ideológicas y programáticas abiertamente conservadoras. El hecho de que Di Tella haya integrado el elenco del presidente Kirchner sugiere que estas ideas operaron en la realidad, tanto cuanto la fisonomía del peronismo que caracteriza al actual gobierno resulta de un viraje diametral, en materia de discurso y postura ideológica, con respecto a la versión anterior.

La segunda vertiente que quería identificar consiste en un diagnóstico, y surge más cerca de la crisis. El diagnóstico es una interpretación de la situación previa a la crisis sumada a una interpretación de la crisis misma. Este diagnóstico pensó la reforma de la política en términos de que la crisis y el estallido de ésta eran anuncio de una revolución. Era muy vehemente y rápidamente pasó de ser una idea a ser una fuerza operativa. En los prolegómenos de la crisis y durante su pico mucha gente adhirió a la idea de que se estaba produciendo en la Argentina una revolución. Claro que no comunista, ni fascista, ni soviética pero una revolución al fin.

Adviértase que en el ámbito del pensamiento liberal - democrático las ideas revolucionarias volvieron, en las últimas décadas del siglo XX, de la mano de las luchas contra los regímenes del socialismo real. En la medida en que iban cayendo e iban siendo sustituidos, país a país, por democracias de arquitectura liberal, los demoliberales volvieron a pensarse a sí mismos como actores revolucionarios porque había un conjunto de países en los cuales efectivamente esa doctrina orientaba contingentes civiles que se constituían en partidos que tomaban el poder, fundaban regímenes constitucionalmente diferentes a los preexistentes y creaban instituciones de carácter liberal. Los liberales, valga la aparente paradoja, devinieron revolucionarios en los finales del siglo XX.

Sospecho que hay una cierta influencia de esa matriz en corrientes políticas argentinas que diagnosticaron que había una revolución, que el sistema político previo iba a no ser reformado sino removido hasta sus raíces y que se trataba de una nomenclatura con “k” destinada a caer junto con el régimen que representaba. De suerte que conforme al diagnóstico el régimen de partidos argentino desde el 83 hasta el 2001 habría sido un sistema corrupto de ocupación monolítica del poder.

¿Qué pasó con esta idea? Sigue vigente; algunos revolucionarios, pasado el momento del estallido, aún siguen siendo revolucionarios. Todos podemos suponer cómo es la mentalidad de un revolucionario. Piensa que hay un momento oportuno y que si este pasa vendrá otro; alimenta su convicción seleccionando signos negativos de la realidad para presentarlos como anticipos del inexorable desenlace.

Otros revolucionarios, que se han resignado al nuevo estado de cosas, piensan que en realidad la intención revolucionaria desembocó en el actual gobierno y consideran que participar en éste es el modo de canalizar el ímpetu revolucionario hacia una asimilación pragmática. El reemplazante de Di Tella en la Secretaría de Cultura José Nun, fue uno de los autores que diagnosticó la existencia de la revolución y que, más adelante, recomendó institucionalizar lo que se había logrado.

La tercera vertiente, la puedo describir como un imaginario, una quimera que en algún momento fue bastante eficaz en la creación de imágenes y sensaciones en el pico de la crisis, pero después se fue diluyendo y quedó como un deseo sin demasiado asidero. Este imaginario, acuñado antes de la crisis y en boga durante ésta, postulaba que se podía diseñar un sistema político sin partidos. Tal vez sea enojoso decirlo porque nadie va a aceptar que preconiza prescindir de los partidos políticos. Sin embargo, en eso se pensó cuando se fomentaron sujetos políticos y sistemas electorales que canalizaran la representación de los particulares.

En el lenguaje común el destinatario y protagonista de esa modificación era “la gente”, no el pueblo, las mayorías o la sociedad. Muchos movimientos sociales, entidades de la sociedad civil y centros de estudios coincidían en que la gente debía estar representada en el poder pero todos se referían a conjuntos distintos. Los programas periodísticos, por ejemplo, que decían “la gente debe ser escuchada” involucraban a sus propias audiencias, pero no a las de sus colegas y viceversa, con lo cual el significado del término alude a una multiplicidad de grupos, muy difícil de aprehender. Concebían al sistema político como una correa de transmisión de los infinitos particulares de la sociedad.

Los partidos, en ese sentido, eran foco de la crítica. Se argumentaba contra ellos muchas veces en razón de sus errores y defectos, pero también porque son instituciones organizadas de otra manera, más predispuestas a pensar los intereses generales y sintetizarlos. La función de los partidos es quizás algo ambigua pero más constructiva: conciliar las diferencias y producir discursos y acciones que abarquen amplias coaliciones sociales. Desde ese punto de vista los partidos, en especial los nacionales, resultaban para los defensores de este imaginario un obstáculo a ser superado.

Estos tres componentes ideológicos, - el modelo, el diagnóstico y el imaginario -, nos dan una noción aproximada de qué fue entre nosotros la reforma política, qué resultó de ella y en qué sentido podemos rescatar parte de ese proceso y orientarlo hacia el futuro para construir un sistema político fiable que sostenga políticas públicas eficaces.

Haré un repaso de cómo me parece que está hoy la cuestión de la reforma política. Hace unos meses el Presidente produce un punto de inflexión importante cuando destituye al Ministro de Seguridad y Justicia. Gustavo Béliz representaba en cierta forma a los reformadores de la vertiente imaginaria antes presentada. Entre ellas entes de la sociedad civil y las religiones y personalidades que pensaron que podía crearse en la Argentina un sistema político sin partidos o con partidos de poco espesor institucional, meros vehículos para el tránsito de figuras notorias entre la adhesión popular y el poder.

Es llamativa la coincidencia que unió el relevo de Béliz y el impasse de la “transversalidad”, una importante operación de ingeniería política del gobierno. Es evidente que desde entonces el partido justicialista en el gobierno y el Presidente se soportan y corresponden en forma recíproca. Ya es más difícil pensar en el Presidente sin su partido y en el partido sin su Presidente.

El paso de la transversalidad a un segundo plano permite la reflexión acerca de que un buen sistema político necesita un sistema de partidos y que un buen sistema de partidos -obedezca o no a un alineamiento izquierda-derecha- necesita siempre organizaciones sólidas, capaces de concitar amplios y variados apoyos electorales, de constituir bloques legislativos coherentes, cohesionados y permanentes y de ocupar el gobierno o la oposición conforme un juego de alternancias. Es decir, no habría sistema de partidos si no hubiera densidad institucional en más de un partido nacional y tampoco la habría si la probabilidad de que un segundo partido sustituya al primero en el gobierno quedara neutralizada. En esos casos no sería un cabal sistema de partidos sino la dominación de un solo partido o un sistema tan atomizado que ya no serían protagonistas los partidos sino las empresas personales u ofertas electorales de los candidatos.

Por fortuna está cada vez más claro en el debate público que debe haber partidos políticos en competencia. Estos tienen que ser nacionales, en tres sentidos importantes: deben ubicarse por encima de la fragmentación territorial; deben superar la fragmentación facciosa y las rencillas pseudo ideológicas; y deben adoptar una agenda nacional de política que supere la fragmentación temática (por ejemplo entre áreas de gobierno o entre reclamos sectoriales). Sabemos que hoy en día el partido en el gobierno ejerce la primacía electoral, pero tenemos que alentar la esperanza de que el sistema de partidos se constituirá sobre la base de la alternativa cierta de reemplazo, al menos, en el mediano plazo.

Eso enfoca el análisis sobre los partidos de la oposición y coincidiendo con un reciente artículo de Eduardo Fidanza, sostengo que la elección de renovación parlamentaria de 2005 será una suerte de interna abierta de la oposición, como la última elección presidencial de 2003 fue una especie de interna abierta del oficialismo. También estará en juego si se cambia el sistema de partidos desde una alineación ya tradicional en la Argentina hacia una alineación más convencional a la europea; para eso es fundamental saber cómo se constituirá el binomio de los partidos principales.

Damos por sentado que si el partido justicialista ha ocupado ambos extremos del espectro en dos décadas sucesivas puede dar el paso inverso en poco tiempo; en cambio, la posición del segundo protagonista en el binomio de los partidos es esencial para saber qué situación se está configurando.

El partido radical luchará por un lugar central en el sistema político y contribuirá a construir un sistema de partidos políticos que no se rija por un determinado modelo normativo. No vemos la necesidad de que nuestro partido, para integrar el binomio principal deba desplazarse al lugar del espectro ideológico opuesto al que circunstancial y aparentemente ocupa el partido justicialista. En ese sentido, así como el peronismo representa una tradición y una cultura política en la República, el radicalismo representa otra bien diferente. Ambas son policlasistas y fueron fundados en decisivas coyunturas históricas, con sus climas ideológicos, sus grupos sociales en ascenso y una particular relación entre la civilidad, la vida castrense y el Estado.

Es esencial contar con el sistema de partidos, que sea operativo y que la esperanza de la alternancia esté por detrás de la fortaleza, la seriedad y vitalidad de los partidos que lo constituyen. Del afianzamiento de ese sistema depende el despliegue de políticas públicas a través de una firme profesionalidad en los cuadros del estado, no sólo en Cancillería o las Fuerzas Armadas, sino también en todos los Ministerios (Educación, Salud, Desarrollo Social, Trabajo), todo lo cual redundará sí en una profunda reforma política. La verdadera reforma política es la de la constitución de un sistema de partidos operativos capaces de gobernar alternadamente, sobre un aparato estatal que tenga continuidad y espesor profesional propio en todas las áreas de políticas. Esas serán las notas distintivas de una nueva etapa de la Argentina que la haga respetable y respetada en el mundo.

PREGUNTA Nº 1: Deseo profundizar el tema, central en su exposición, de que no serían necesarios lineamientos ideológicos en los partidos, ni aún plataformas comunes en el mismo partido. Yo llevo los asuntos europeos en Cancillería y efectivamente desconcierta mucho a los europeos que no tengamos una respuesta clara cuando nos preguntan cuál es la orientación del partido peronista o radical. Es una larga explicación que no les convence del todo porque cuando ellos se ven forzados a formar una alianza porque no tienen los suficientes votos, entonces se pasan un largo período trabajando una plataforma después de las elecciones. Yo vengo de Holanda y a veces pasan tres o cuatro meses hasta que se ponen de acuerdo. Eso asegura una cierta gestión de gobierno, sin mayores altibajos, aunque a veces los tengan en algún tema en especial. Entonces, le pregunto, el hecho de que nosotros no hagamos eso, ¿no conspira contra el juego de la democracia? Porque vemos en el caso de la Alianza cómo explotó a pocos meses de haberse constituido; vemos hoy las tensiones internas dentro del partido gobernante donde se habla que la oposición está dentro del partido. ¿Se puede llevar a cabo una gestión democrática exitosa sin contar con ese elemento aglutinante?

Dr. Adolfo Stubrin: Ese es un serio dilema y no sé si tengo la respuesta, quiero sí hacer una precisión. No es que no tengamos ideología, lo que pasa es que los europeos están acostumbrados a que los partidos representen al espectro de las ideologías históricamente acuñadas en su contexto y reflejen a éstas en su acción política como opuestos. En la Argentina, como las ideologías de los partidos fueron recibidas en nuestro propio contexto, su contraposición no es la del esquema europeo. Entonces, es difícil visualizar los elementos ideológicos en pugna y las alternativas que un partido ofrece con respecto a los demás. Pero también en Europa ocurre que los partidos de izquierda y de derecha se diferencian poco cuando ocupan el poder. Debiéramos distinguir las ideologías de los programas: podemos preguntarnos si entre nosotros la Alianza fracasó sólo por limitaciones ideológicas o porque padecía además de confusión con respecto al programa. La brillantez publicitaria no pudo disimular la poca eficacia en la acción. Los partidos europeos, hasta que no establecen coincidencias sobre cómo actuar, no cierran el acuerdo de gobierno; ese es el déficit que nosotros tenemos. Es más de programa que de ideología. Eso está relacionado con esa correspondencia que encuentro entre partidos nacionales articulados que superen la fragmentación temática, sectorial, territorial y facciosa, y los elencos de profesionales que en las funciones públicas del estado aseguren la continuidad de las políticas públicas. Eso es lo que permitiría un cierre técnico de las propuestas de gobierno para que todos sepamos que en cada alternancia no hay un salto al vacío. Si así no fuere, seremos conservadores a la fuerza y el partido en el gobierno se hará hegemónico. O, por el contrario, todos los gobiernos nos vendrán mal y desearemos cambiarlos ansiosamente, contribuyendo a su derrumbe antes de que logren consolidarse.

La reforma política no trasciende porque hasta ahora su diagnóstico estaba equivocado. La particularidad argentina es la debilidad de los partidos nacionales. La opinión pública desconoce que los partidos son débiles y los propios dirigentes tienen baja conciencia de ese fenómeno. Debo ser sincero: los partidos son muy débiles en la Argentina y los resultados del sistema político y del desempeño del gobierno son, en buena medida, resultados de la debilidad de los partidos. No me refiero a fuerza para la movilización o la obtención de votos, sino a una debilidad institucional específica: cuerpos de profesionales, capacidades operativas, acceso al conocimiento, vínculos con la sociedad civil, inserción internacional, buena información. No es un problema ideológico sino eminentemente organizativo. La opinión pública no se da cuenta de este problema, cree que está ante organizaciones poderosas, incluso capaces de hacer daño sistemáticamente, cosa absurda pero sin embargo verosímil para muchas personas. En realidad, están frente a gigantes invertebrados que a duras penas pueden hacer lo que se proponen.

PREGUNTA Nº 2: La reforma política siempre estuvo ligada al tema de los sistemas electorales. Quería saber su opinión con respecto a estos debates en torno a qué se tiene que modificar en el sistema electoral. ¿Puede hacer algunas reflexiones de al respecto?

Dr. Adolfo Stubrin: No hice descansar la exposición sobre eso porque es lo más conocido. Pero pienso que el cambio del sistema electoral no es la vía que conduce al cambio para el mejoramiento de nuestra política. Tenemos serios problemas en el sistema electoral pero no tanto derivados de la formación de la representación sino de la baja jerarquía institucional de los partidos para cumplir sus funciones, entre ellas la selección de candidatos. En cuanto a la transparencia de los procedimientos de captación de los electores y del cómputo de su voto, hay problemas muy serios con el registro de identidad, el padrón, el control del voto, el escrutinio, etcetera. Muchas provincias argentinas, aún las más grandes, tienen colonizado el organismo judicial de control electoral por parte del partido del Gobierno. En mi provincia, Santa Fe, en la última elección general el presidente del tribunal electoral era primo del gobernador y hermano del apoderado de la lista principal del partido en el gobierno. En varias partes usted va a encontrar un tembladeral en materia de garantías del régimen político. Veamos los lamentables efectos de la ley de lemas que fue una estrategia de los reformadores políticos que imaginaban un sistema casi sin partidos. Ha incrementado los comportamientos facciosos, ha impedido que la representación funcione con un alcance general, agregando intereses particulares para expresarlos en políticas públicas permanentes. Los sistemas uninominales y las recetas contra las listas de candidatos, bajo el pretexto de que los postulantes son desconocidos, llevan a una representación tal vez más directa del elector pero también a una dependencia del candidato para con los intereses particulares de los electores. Todo eso sumado a la ausencia de partidos como instancias organizadas para coordinar la labor de los legisladores va a llevar a que en las cámaras prolifere la compraventa de votos ante los distintos proyectos. Cualquiera que conozca el funcionamiento del sistema federal brasileño sabe que ese fenómeno ocurre. Episodios de corrupción frecuentes y un gobierno que forma las mayorías en cada sanción, retribuyendo al legislador de tal lugar con “premios” para su distrito. Es una forma óptima de impedir políticas públicas regulares y, no por casualidad, el gobierno brasileño está llevando adelante una reforma política para promover la vigencia de los partidos. Los representantes elegidos bajo una manera en apariencia más transparente saltan de los partidos, los desbordan y hacen arreglos particulares porque su propia supervivencia depende de la satisfacción de sus electores que son personales y no partidarios. Habría mucho para decir sobre las fantasías que se tejen alrededor de la reforma política pero la mayoría de las propuestas imaginan un sistema político casi sin partidos. Entiendo que ese es un mal destino porque no conozco democracia madura en el mundo que funcione sin partidos firmes e institucionalizados. Tampoco conozco Estados modernos en que haya una relación positiva entre estos sistemas de representación tan cristalinos y particularizados y políticas públicas eficaces.

PREGUNTA Nº 3: ¿Dónde fue a parar la energía, que parecía revolucionaria, desplegada por el pueblo durante la crisis de 2001?

Dr. Adolfo Stubrin: Durante el pico de la crisis el dolor fue inmenso pero la emoción fue explotada políticamente. Las adversidades, deficiencias y sufrimientos de la vida social, impregnadas por la indignación, dieron materia a una agenda propia de la crisis, que está siendo razonablemente atendida por el curso actual de los acontecimientos. Parte de esa energía está en consecuencia en el gobierno como lo prueban diversos funcionarios. Otra parte está en las filas revolucionarias esperando un nuevo momento propicio. Uno de los nuevos partidos, que competirá en la “interna abierta de la oposición”, sigue diciendo que en la Argentina hay un régimen corrupto que se va a caer a pedazos y que vendrá lo nuevo. Después está el movimiento de los ahorristas, el de los piqueteros, las ONG de la reforma política. Distintos movimientos que expresan los issues nacidos al calor de la crisis. Esos serían los ámbitos donde se canalizó esa energía.

Pero buena parte de la energía está en los partidos institucionalizados de carácter nacional. La elección de octubre de 2005 indicará, entre los opositores, un ganador que servirá probablemente de aglutinante en la ratificación o cambio del sistema de partidos. Si el partido radical resulta favorecido, como yo naturalmente espero, el modelo argentino seguirá siendo bastante peculiar.

Deberíamos preguntarnos ¿porqué ese sistema de partidos alineados según clases sociales y sus ideologías consiguientes no se desarrolló en América, ni siquiera en Estados Unidos, donde si prosperó el capitalismo y la mayoría de las instituciones republicanas? La respuesta es: porque hubo movilidad social, las masas migratorias que constituye las sociedad civil de los Estados Unidos como de la Argentina tenían la afiliación de clase adelante, no atrás. Por eso, los partidos vigentes no expresan tanto las ideologías y los partidos ideológicos de representación de clase son pequeños en América. Pero no sólo en la Argentina, también en los Estados Unidos, porque no hay como en la población europea tradiciones culturales de clase por largas estirpes.

Es acertado decir que aquella energía está en diversas partes, pero la emoción propia de la situación revolucionaria se ha disipado. Se vivió, entonces, una situación excepcional, que requería una acción firme de normalización. Fueron los partidos políticos del “viejo régimen” los que durante la transición presidida por Duhalde recuperaron la normalidad. Eso es algo que parte de la sociedad ya hoy reconoce. No dejamos de ser responsables de muchos problemas de la Argentina pero sí volvimos las cosas a su cauce. Frente a una crisis, el oficio de las políticos tradicionales pudo sobreponerse al clima emocional vigente y regularizar las instituciones hasta culminar en una elección que diera un presidente legítimo y a partir de ahí normalizar el orden político. Ése es un componente que canaliza también aquélla crisis.

PREGUNTA Nº 4: ¿Cómo observa la evolución del sistema de partidos en los últimos años y qué impacto tuvo, sobre esa dimensión, la reforma política?

Dr. Adolfo Stubrin: Expuse acerca de que una de las vertientes de la reforma política fue imaginaria. Reivindicaba la política y sostenía que cambios en el sistema electoral generarían una nueva política, bajo el supuesto de que los partidos realmente existentes habían caducado y proponía reconstituir un sistema político casi sin partidos. El personal de los partidos era culpabilizado de los fracasos del estado y de los déficit sociales de la Argentina. Entonces se presentaba la idea de una representación más genuina, no mediada por la burocracia de los partidos.

Señalé antes que me parecía un error, que sin partidos no podía haber política, que eran hombres y mujeres de partido los que en todos los sistemas democráticos maduros protagonizan las competencias electorales y, una vez en el poder, dirigen a los cuerpos profesionales del estado en la ejecución de políticas que superen los déficit sociales como el de nuestro país. Entonces, el modo de reivindicar la política era tener partidos políticos de carácter nacional porque partidos políticos locales o regionales, aún que fueren metropolitanos no animan un sistema político de un país. Los partidos son agrupaciones derivadas del Estado - nación. No son expresiones de las localidades. Acepto que sea parte de la reforma política hacer nuevos partidos, mejores partidos, pero no figurativos o nominales porque hay una diferencia sustancial entre oferta electoral y partido político. Un partido puede generar muchas ofertas electorales y diversas ofertas electorales con impacto podrían no generar siquiera un partido. Entonces la gestación de un repertorio interesante y exitoso de ofertas electorales para una coyuntura no es una reforma política sostenible.

Además, no hay espacio para pensar el futuro del sistema político casi sin partidos. Hay que poner sobre el tapete que los partidos tienen que ser nacionales y fuertes; insertados en todo el país, con densidad propia y con posiciones públicas sobre una agenda nacional de política, orientadas hacia las capacidades estatales instaladas en las áreas principales.

PREGUNTA Nº 5: ¿Cuál sería, entonces, para usted un diagnóstico sobre los problemas actuales de los partidos?

Dr. Adolfo Stubrin: Todos los partidos deben generar su unidad, coherencia y gobierno propio. Nuestro partido tiene dificultades, diversas fragmentaciones que tenemos que superar: una es la territorial, otra es la temática, otra es la generacional, tal vez una cuarta sea la facciosa. Si los reformadores propusieron una política casi sin partidos, muchos políticos tradicionales, abrazados a la bandera de su partido, exhiben conducta facciosa porque no soportan que el partido esté por encima de su grupo interno. Pertenecen a las facciones más que a los partidos.

Construir partidos es un trabajo en dos frentes, hay que convencer a la sociedad de que debe tener partidos institucionalizados, con líderes, activistas y adherentes pero también con profesionales y técnicos. Pero también convencer al frente interno de que la actividad en la facción no asegura la fidelidad al partido, sino que se debe militar en el partido como tal. Esos son los problemas y tareas de la hora. El partido en el gobierno no los siente porque en la Argentina el uso de los recursos del estado asegura que la vida del partido en el gobierno quede aletargada, como una cáscara vacía. Ni le digo el peligro que esto significa para la constitución de un sistema político que más que basado en partidos en competencia queda basado en la reproducción de poder del partido que usa los recursos del estado como propios. Esto es dramático y creo que es el problema fundamental de la Argentina de los próximos años. Un sistema de partidos implica cerrar el camino al aprovechamiento de los recursos del estado como si fuera la estructura del partido del gobierno. Entonces se necesita que el partido en el gobierno sea separable del gobierno, que los partidos en la oposición desafíen al del gobierno en términos de capacidad de concebir y proponer políticas públicas alternativas en las áreas principales, incluyendo la estrategia global de inserción internacional. Eso sí sería una reforma política.

¿Qué tiene que modificar el sistema electoral para consumar esta reforma política? Varias cosas, pero si las reformara a todas, la agenda central no cambiaría. No es el sistema electoral el que crea el problema.

PREGUNTA Nº 6: ¿Podría exponernos acerca de su visión de los principales problemas en el ámbito educacional?

Dr. Adolfo Stubrin: La dimensión de la problemática educacional más conocida es la universitaria, pero los problemas más serios los tenemos en el sistema escolar, por la descentralización y la reforma de los 90 que produjo la pérdida en muchas provincias, empezando por Buenos Aires, de la educación secundaria. Ese es un muy grave problema estructural. Yo no soy partidario de volver atrás la reforma o derogar las leyes sin poner nada a cambio.

Sí creo que hay que re conducir los procesos partiendo del lugar en que estamos pero me parece que no tener una enseñanza secundaria es una barbaridad, igual que no tener personal especializado e instituciones escolares dedicadas a la pubertad. En la provincia de Buenos Aires se están adoptando algunas rectificaciones, pero el problema estructural de que los adolescentes están a cargo de maestros de grado y de directores de primaria es una secuela de los 90 que debe resolverse rápidamente.

Muchas otras cuestiones se dan en las 24 realidades diferentes de cada provincia autónoma, pero hay que generar capacidades estatales en el gobierno federal y no veo que se estén construyendo al ritmo necesario. Capacidades estatales para generar diálogos técnicos con las provincias, no para restarles su autonomía y autarquía sino para apoyarlas en dirigir eficientemente su sistema.

Los sistemas educativos como las economías responden al nivel de organización de los estados, no porque un estado bien organizado asegure por sí solo una determinada performance económica pero es una condición de posibilidad. En los sistemas educativos también, si tenemos ministerios débiles, inexpresivos, meramente administrativos no vamos a poder avanzar. Se pudo hacer la reforma, con impacto negativo en muchos aspectos, gracias a muy fuertes inyecciones de dinero en préstamos. Esas capacidades estatales las tenemos que crear ahora en todas las provincias con apoyo y coordinación del gobierno federal. Veo que hay lentitud para hacerlo.

Con respecto a la universidad me parece que estamos más cerca de tener un plan de acción. Aún cuando existen serios problemas, los conocemos bastante y podemos canalizar inversiones para que las universidades mejoren su desempeño. Hay una cierta dinámica en la universidad argentina; no estamos lejos de tener un buen diagnóstico pero nuevamente las capacidades estatales son también un déficit clave. Creo que la CONEAU, por ejemplo, es una capacidad estatal instalada aunque nos faltan otras para sustentar el desarrollo de la vida académica.

Observo que los problemas son más graves en el ámbito escolar, que los déficit sociales son perfectamente abordables y solubles en un espacio razonable de dos o tres cohortes, no antes, más o menos 15 años. Pero vamos a paso demasiado lento, no se quiere recurrir al Congreso, no se quiere entender que una política pública necesita legitimidad social, debate, una lógica de argumentación pública. Hay, en cambio, bastante publicidad pero sigue faltando el debate racional público para llegar a acuerdos que puedan manifestarse en sanciones legislativas de reforma educativa.

PREGUNTA Nº 7: ¿Cuál será la propuesta del radicalismo para las elecciones de 2005?

Dr. Adolfo Stubrin: Otras expresiones opositoras propondrán respuestas neo liberales o revolucionarias pero nos parece que la nuestra va a ser la más eficaz, la más interesante para los ciudadanos que no adhieran al gobierno, que serán la mayoría. En realidad yo creo que la etiqueta ideológica no dice mucho, de manera que vamos a generar programas.

Primero, una inserción que entienda el problema de lo global y los escenarios probables para que la Argentina juegue una estrategia internacional y que todas las políticas sectoriales estén organizadas en función de la estrategia global que el país adopte.

En segundo lugar la resolución del problema financiero del estado, conflicto financiero entre la nación y las provincias, la irresolución muy peligrosa de quién recauda y quién gasta; qué destino tiene lo que se recauda, la división de responsabilidades entre la nación, las provincias y los municipios.

La tercera cuestión es la de las políticas sociales y particularmente el problema de cómo atender a los sectores más necesitados sin generar incentivos contra el trabajo. El trabajo debe ser junto con la familia y la República, los tres organizadores de la vida de los ciudadanos en este país.

Esos tres ejes problemáticos pueden ser concebidos y propuestos por un partido nacional. El nuestro aspira a presentar propuestas en ese sentido.

Muchas gracias.

 

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