Conferencia del Dr. Mario Rapoport sobre "La Política Exterior Argentina" PDF Imprimir Correo electrónico
Eventos - Ciclo de Conferencias "Pensar la Argentina"

21 de octubre de 2004, Auditorio del ISEN

Discutir y proyectar los perfiles deseables de la política exterior argentina de la próxima década supone realizar el diagnóstico de las disyuntivas del presente como momento de un proceso histórico, a fin de dotarnos de una perspectiva adecuada sobre nuestras necesidades y posibilidades como nación.

Ese encuadre me lleva a subrayar el balance crítico que los propios hechos han mostrado respecto de las ideas y políticas dominantes en los años 90, balance que se manifiesta como crisis y ruptura pero que, sin embargo, no supone la eliminación automática del influjo de esas ideas y políticas, Me refiero al paradigma globalista del nuevo orden mundial, que naufragó con el despliegue por oleadas de la crisis económica iniciada en el sudeste asiático en 1997, y al paradigma del “fin de la historia”, que se hundió definitivamente con la caída de las torres gemelas y las invasiones de Afganistán e Irak. El resultado es un escenario internacional, que estamos viviendo, incierto y peligroso, dominado por fundamentalismos de distinto tipo; el terrorismo, por un lado y la doctrina del “destino manifiesto”, por otro, en un marco de concentración de riquezas para ciertos sectores y países y de creciente exclusión y pobreza para la mayor parte de de la humanidad.

En lo que nos toca más de cerca, en nuestro propio país, asistimos también al fracaso de estos paradigmas, puestos en cuestión por la crisis económica, social y política más profunda de la historia argentina contemporánea, con la que inauguramos el siglo XXI.

Dentro de ese marco de análisis pueden comprenderse mejor los cambios que se produjeron en nuestra inserción internacional desde la década de 1990. Recordemos que desde ese entonces, en el contexto de una nueva crisis hiperinflacionaria, se comienzan a implantar plenamente políticas neoliberales, siguiendo la línea iniciada en 1976. Entre otras, la reforma del Estado, las privatizaciones de servicios públicos y empresas estatales y la desregulación y apertura de la economía. Todo esto financiado con el flujo de capitales que venían del exterior, en pleno auge de la globalización financiera y en la euforia de la caída del muro de Berlín y del fin del comunismo soviético, aumentando en forma irresponsable el ya gigantesco endeudamiento externo del país, en gran parte ilegítimo y usurario.

La aplicación de este modelo, tuvo su expresión más importante en el plan de convertibilidad de 1991, ancla cambiaria que permitió el libre movimiento de capitales sin ningún tipo de control. Pero, también, en la adopción de una política de "alineamiento automático" con los EEUU, sustentada en los postulados del llamado "realismo periférico". Este alineamiento expresaba, entre otras cosas, la relevancia adquirida por los acreedores externos y el rol de organismos internacionales (FMI, Banco Mundial) en el funcionamiento de la economía argentina, así como nuevos procesos de concentración del poder económico local y extranjero basados en el sector financiero.

Sin embargo, esa política de subordinación no se tradujo en ninguna ventaja apreciable para la Argentina, como lo demuestra el escaso o nulo poder de negociación que se tuvo en la crisis de la deuda y el default. El “mejor alumno” no fue recompensado en modo alguno.

Por el contrario, para formular una política exterior que responda a los intereses del país, es necesario comprender de una manera más realista la difícil situación internacional que vive hoy el mundo a fin de hacer frente a los desafíos que nos presenta A modo de síntesis, los principales rasgos del contexto internacional se expresan en la política exterior de la superpotencia estadounidense, que incluye el uso unilateral de la fuerza militar y el concepto de “guerra preventiva” provocando el rechazo mayoritario de la opinión pública mundial; en la ampliación de la Unión Europea, como modo de contrabalancear económica y políticamente el poder militar norteamericano; en la presencia de China y otros países en desarrollo, como nuevos actores mundiales; en una severa recesión económica, que afecta también a los Estados Unidos; y en un debilitamiento del orden jurídico y de las principales organizaciones políticas internacionales.

En este marco es decisivo revalorizar a la Argentina como nación y a partir de allí afirmar el Mercosur, que constituye la herramienta más importante para encarar nuestras relaciones con el resto del mundo.

En verdad, el desmoronamiento de las políticas neoliberales en el Cono sur y la profundidad de las crisis que dejaron como secuela reabren en toda la región el debate sobre las características de un nuevo modelo de desarrollo sustentable. Tal vez, el resultado más evidente haya sido la inviabilidad de pensar la integración primordialmente desde el comercio, dejándolo modelar la estructura productiva y los lazos institucionales. Históricamente, en los países que complementaron un proceso común exitoso, como la Unión Europea, el comercio exterior fue sólo un aspecto más que acompañó el afianzamiento de instituciones políticas, económicas y culturales.

Las características del mundo actual y el retroceso productivo que sufrió Argentina en el último cuarto de siglo inducen a un replanteo de esta cuestión. Es evidente que replegarse sobre el mercado interno ya no alcanza, pero tampoco es beneficioso firmar acuerdos de libre comercio sin atender su impacto interno. En ese sentido, hoy se recortan tres alternativas principales. Mientras se debate como reformular el Mercosur, también se negocian la creación de una zona de libre comercio con la Unión Europea y de otra con el continente americano, a través del ALCA, piloteado por los EE.UU.

En estos dos últimos casos, se trata de lograr un desarme arancelario, complementado por una liberalización de los servicios y un acuerdo de protección a las inversiones extranjeras, mientras se limita la capacidad de los Estados para orientar las compras públicas a empresas que operen en el territorio nacional. Desde el punto de vista estratégico, ambas alternativas profundizan la orientación que prevaleció en los 90, vale decir, la especialización en torno a las ventajas comparativas y la modelación de la estructura productiva en función del comercio exterior. En las negociaciones, además, puede verse una asimetría muy marcada en lo referente a la eliminación de las barreras, por cuanto los “socios mayores” no se comprometen a negociar el fin de la protección no arancelaria, sino que incluso la aumentan, como en el caso de los EEUU, en productos agropecuarios altamente sensibles para la economía argentina.

Todo esto es reconocido por un economista liberal como Jagdish Bhawati, que descree de los presuntos beneficios de acuerdos tipo ALCA, señalando que la baja de tarifas de manera preferencial dura poco porque las tarifas tienden a caer internacionalmente, mientras que lo que interesa a EEUU no es el comercio en sí, sino todo lo que tiene que ver con la propiedad intelectual, los servicios, el flujo de capitales y los estándares relacionados con las condiciones de trabajo.

Por eso, aunque tanto los EEUU como la Unión Europea pueden ser, con un cambio claro en las reglas del juego, dos socios comerciales de importancia, los vínculos con ambos no eximen a Argentina de formular una política que ponga el acento en el propio espacio de integración regional y sirva para lograr un proceso de desarrollo autosostenido. La incapacidad por parte de la vigente estructura agroxportadora de incorporar al proceso de producción y consumo a vastos sectores de la población actualmente excluidos, torna indispensable la puesta en marcha de mecanismos que, junto con el tipo de cambio alto, palanqueen la reindustrialización del país. En este punto, la redefinición de los objetivos y el espacio del Mercosur, a partir sobre todo de alianza estratégica con Brasil, puede jugar un rol de primera magnitud.

Se trata de pensar un proyecto compartido, que apunte a interrelacionar más estrechamente las cadenas de generación de valor, estableciendo complementariedades, especialmente en el sector industrial, que potencien los procesos internos de desarrollo. En ese marco, no se trataría, tan sólo, de reducir las barreras arancelarias o de fijar tarifas externas comunes, sino de adoptar medidas consensuadas para apuntalar la producción en toda la región. Esto se fortalecería con la convergencia de las políticas macroeconómicas, la resolución conjunta de los problemas del endeudamiento externo y de la financiación de inversiones, la potenciación de programas de investigación y desarrollo y de políticas sociales y de empleo, y la formulación de una política internacional común. Pero no se pueden plantear estos objetivos al margen de la progresiva creación de instituciones regionales políticas, económicas, jurídicas, educativas y culturales, recordando que la unión política y cultural es tan importante como la económica.

También es necesario plantear una expansión geográfica del Mercosur, incorporando plenamente a algunos países que se han convertido en socios de importancia, como en los casos de Chile, Bolivia, Perú y Venezuela, y yendo hacia la conformación de una verdadera unión sudamericana, en el marco de un continente donde se están produciendo cambios políticos de importancia que van en esa dirección.

En este sentido, es probable que la principal rémora del pasado inmediato para la mayor parte de los países del Cono Sur no sean las crisis económicas y sociales o la carga del endeudamiento externo, sino la desaparición de corrientes de pensamiento nacionales con una raíz abarcadora de la región. Por eso, nuestra primera tarea es recuperar la capacidad de imaginar nuestro destino a partir de moldes propios.

Pero las medidas necesarias para revertir el rumbo errado de nuestra política exterior no se agotan en la región y pasan, además, por exigir en todos los foros internacionales un cambio en las reglas del juego en el comercio mundial, eliminando proteccionismos perversos y aplicando normas de mayor reciprocidad. También, por impulsar el establecimiento de nuevas reglas financieras internacionales a fin de resolver los injustos y usurarios procesos de endeudamiento externo, incluyendo el control generalizado de capitales y exigiendo que los organismos financieros internacionales se orienten a ayudar a los países en desarrollo y a eliminar la pobreza y las desigualdades sociales y no a aconsejar políticas de ajuste. La deuda externa, en gran parte ilegítima y fraudulenta, debe seguir negociándose con firmeza, agregando argumentaciones jurídicas y sin comprometer las condiciones del despegue económico presente ni tampoco los ingresos de las generaciones futuras.

Por otra parte, la negociación con los diferentes bloques debe hacerse procurando diversificar las relaciones económicas y comerciales: si el seguimiento de los vínculos con las grandes potencias es una cuestión de todos los días por su peso específico, estratégicamente urge reforzar los lazos con América Latina en su conjunto, los gigantes asiáticos y las naciones africanas que están frente a nuestras costas.

En cuanto al orden político y jurídico, hay que bregar permanentemente por el respeto del derecho internacional, especialmente del principio de no intervención, y por la consolidación de la paz mundial sobre la base de la protección de los derechos humanos y de los valores culturales y ambientales amenazados, fortaleciendo el rol de las instituciones políticas internacionales. Aquí, cabe dar un espacio importante a los elementos culturales, educativos y científicos, que constituyen instrumentos decisivos de esta nueva inserción en el mundo.

Una última observación. En tanto y en cuanto la salida de la convertibilidad se circunscriba a la modificación de los precios relativos, tornándose más favorables para la exportación y para un espontáneo proceso de sustitución de importaciones, no se resolverá completamente la crisis, aunque los niveles de pobreza disminuyan y los de empleo aumenten. Por el contrario, un crecimiento autosostenido y una mejor distribución de los ingresos, exigen un abanico amplio de políticas públicas activas que deben aplicarse lo antes posible. Para ello, es necesario, sobre todo, la reconstrucción de la capacidad regulatoria del Estado, dentro de la cual la cual figura en un lugar destacado el fortalecimiento institucional del Ministerio de Relaciones Exteriores en el marco de una política exterior afirmada en nuestros propios intereses. Sólo así recuperaremos nuestra identidad nacional, afianzaremos nuestro destino como país y dejaremos de fugarnos de nosotros mismos.

Muchas gracias.

 

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