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31 de agosto de 2005, Auditorio del ISEN Buenos días a todos. Podríamos quizás remontarnos un poco a lo que pasaba en el mundo a fin de la Segunda Guerra Mundial. Ahí nace el proyecto europeo. Yo tengo la sensación de que el proyecto europeo de la Unión Europea incluía dos objetivos: uno inmediato y otro mediato de muy largo alcance. El objetivo inmediato era enredar las economías de Francia y de Alemania de tal modo que no se volvieran a hacer la guerra. Digamos mezclarlos tanto en sus economías y en sus intereses comerciales que fuera inimaginable otra carrera armamentista como las que había habido en las guerras anteriores, prácticamente las guerras franco-germanas habían sido como las guerras de Peloponense o entre Atenas y Sparta, una gran guerra civil europea que le había costado a Europa el eje de la historia, y que esto dos “parvenus”, que eran Estados Unidos y la Unión Soviética, ocupaban el centro precisamente. Esto fue lo primero, lo inmediato y lo que se consiguió. Evidentemente hoy en día pensar nuevamente una guerra franco-germana está fuera de todo lo imaginable o lo siquiera verosímil. Pero había una segunda intención más profunda, de más largo plazo que era la formación muy gradual de los Estados Unidos de Europa. Este proyecto era más político que comercial o económico. Europa estuvo en el centro de la historia, y de golpe se encontró, hace 60 años, marginada por las dos grandes potencias que venían a reemplazarla. Este proceso tuvo características ejemplares, creo yo. Primero lo que fueron las minuciosas negociaciones para avanzar paso a paso; en un primer momento la integración comercial, después la integración económica que se llegó hasta una moneda común. Creo que recordarán esas negociaciones: paraban los relojes, en fin, la cuestión es que avanzaban muy de a poco, pero apenas avanzaban, creaban instituciones. Creo que esto es la diferencia con lo nuestro. Creaban instituciones muy fuertes que aguantaban el paso de una etapa a la siguiente. Finalmente esto lleva a uno de los grandes temas de la integración europea que eran la profundización de un lado, estar más unidos en lo económico y en lo político, y la ampliación por el otro, de tal modo que de las seis naciones originarias ahora son veinte y cinco. Ahora yo creo que ese proceso europeo ejemplar de integración tuvo un gran impacto en América Latina, tuvo un impacto ejemplar. Era el ejemplo de cómo se hace una integración aparentemente supranacional, la superación del Estado Nación. El Estado Nación había nacido precisamente en Francia, en Inglaterra, en España, etc. En América Latina, me parece que fue más producto de coincidencias políticas entre Presidentes. Era muy importante que fueran amigos, Cardozo y Menem por ejemplo, pero no se traducía en instituciones como la Corte Suprema Europea, el Parlamento Europeo, y por lo tanto tenían metida adentro una lógica de zig-zag, según fuera la relación que hubiera entre nuestros países. En el caso argentino, este proceso de integración latinoamericana coincidió con una sensación distinta. Los de mi generación nos formamos con la historia de Inglaterra, de Francia, casi no conocíamos la historia de Colombia. Me acuerdo que una vez Julián Marías se preguntaba qué rol podía tener España en la integración latinoamericana, y sugirió lo que él llamaba la política del arbotante, que eran esos sostenes de piedra de las catedrales góticas, que la sostienen desde afuera, y me parece a mí que es un shock, por lo menos yo lo tuve con Europa, fue que nos habíamos quedado sin arbotante, dejó de ser una región que proyectaba hacia el mundo, se volvió como egoísta. La Argentina que era la más europea de las naciones latinoamericanas, que sentíamos casi como un destierro designarnos como latinoamericanos, y no como europeos en América, sintió como un desarraigo, casi como los terneros después del destete. Sin embargo, el efecto de Europa sigue siendo muy fuerte a través de su ejemplo en su proceso de integración. De alguna manera, España cuando empezó a ser atraída por la integración europea, se democratizó, se modernizó y es un ejemplo de lo brillante, porque se metió en un sistema. Me acuerdo que Julián Marías explicaba en su momento que cuando viene la Unión Nacional Española a fines del siglo XV, empresas perdidas como Navarra, León o Castilla, se salvaron en España. De alguna manera España se salvó en Europa. Entonces, nosotros, me parece a mí, que nuestros intentos de integración eran más bien miméticos pero no profundos, por eso se dio la sucesión de organizaciones de integración en América Latina, con los nombres más variados: ALCA, ALADI, etc. La sensación que yo tenía en tiempo del ALCA, por ejemplo, era que con Brasil, para tomar un caso, nos integramos hasta donde no chocara con los intereses nacionales. Ellos nos seguían vendiendo café y nosotros trigo pero cuando se llegaba al acero se terminaba la integración. Era una integración de superficie que no comprometía la fisonomía económico-social. Al mismo tiempo que pasaba este débil intento latinoamericano, hacia los años 90, empieza el MERCOSUR en serio. El MERCOSUR tenía este sentido: ya que no podemos construir América Latina, construyamos subregiones: la región andina, el MERCOSUR, con vistas a una ulterior suma de las subregiones. Se acuerdan ustedes cuando se produjo la Revolución de Mayo, uno de los representantes de la posición española dijo no, tenemos que consultar primero a toda la América hispana hasta después ver que hacemos. Moreno, en un artículo de la Gaceta, dice: para nosotros México está más lejos que Tartaria. Pero al mismo tiempo que se empezaba a profundizar el MERCOSUR, desde Estados Unidos surgía otro proyecto de integración americana, continental. Hay todo un segmento de América Latina atraído por la aspiradora norteamericana, de modo que si uno hace el balance de estos primeras décadas de integración en nuestro continente la sensación es que en tanto Europa se estaba integrando, nosotros respondíamos como el eco a la voz. El nuestro era un intento, de alguna manera discontinuo, no tan claro, con etapas de reflexión, que era como la sombra al cuerpo de la integración europea. Ahora si uno empieza a mirar los últimos años de todo este doble proceso, empezó sobre todo con el proceso inglés que es una especie de caballo de Troya, por lo menos De Gaulle pensaba eso. Se expresaron dos visiones distintas en Europa: una con el intento en serio de formar una comunidad ideológicamente social democrática, que era el eje franco-germano, y del otro lado, la adhesión inglesa que nunca llegó a la moneda común, la idea de una integración básicamente comercial que no tocara para nada las soberanías individuales de los Estados que se iban sumando y con una actitud distinta ante los Estados Unidos. Inglaterra con una actitud de aliado de Estados Unidos, con el eje franco-germano todavía con la idea gaullista de un eje de poder realmente independiente de los Estados Unidos. Esto se dramatizó en la guerra de Irak, ahí se vio claramente como las dos líneas eran prácticamente incompatibles. Es una paradoja realmente reflexionar sobre eso porque en este tiempo que se hablaba de la superación de las nacionalidades, Blair, un social demócrata, continuó con la política de Thatcher, una liberal; y Chirac, un gaullista, terminó identificado con la social democracia alemana. Por suerte estuve unos días en Europa justo con el “no” francés, a fines de mayo de este año. Realmente tuvieron la sensación los europeos que se había acabado una etapa, de que la etapa del segundo objetivo de la supranacionalidad estaba terminada y que había que repensar el proceso de integración europeo. Ahí se proyectó el liderazgo de Blair. Blair había sido reelecto, él mantuvo su convicción y la alianza americana que venía de la época de Churchill, y contra las encuestas, metió a Inglaterra en la guerra de Irak, y ganó las elecciones, y encima con las últimas bombas creció su popularidad. Blair representa, me parece a mí, un nuevo proyecto para Europa más nacionalista y más próximo a Estados Unidos. En tanto Chirac se desmoronó. Yo creo que Chirac cometió un error casi infantil porque si usted tiene mala popularidad no puede hacer ningún plebiscito. Si usted está bajo de popularidad puede proponer a la gente “elevémonos todos a un nuevo nivel de vida maravilloso”, y le van a decir que no, porque no lo quieren a usted, y si usted tiene buena popularidad puede proponerles cualquier cosa. ¿Se acuerdan de Alfonsín en el año 1985 cuando ganó lo del Beagle? Alfonsín dos años después no ganaba ni declarar a Argentina un país maravilloso. Chirac tenía muy poca aprobación popular y perdió su plebiscito. En el “no” francés había varios ingredientes. Había por lo pronto un gran malestar con la supraburocracia de Bruselas porque no eran en definitiva tecnócratas representativos, no habían sido votados por el pueblo francés ni europeo para sus cargos y se creaba la sensación de una especie de gran corte en Bruselas supranacional o como alguna vez De Gaulle les había dicho “tecnócratas apátridas”, esto no lo querían, y los franceses me parece que tampoco lo querían porque esta especie egoísmo europeo, mantengamos nuestro nivel de vida con protección, claro una protección de trescientos y pico millones de personas, un enorme espacio protegido. Me parece que fue incoherente con el ingreso de los países de Europa Central porque antes, perdónenme la expresión, “los que todavía laburaban” ya no trabajan más. Los que realmente trabajaban estaban afuera del circuito, podían ser contenidos de alguna manera con medidas de protección pero Polonia, y todos los que entraron con Polonia, “laburan” y están adentro. Entonces la competencia se les metió adentro. Lo que habían logrado diferir, demorar, moderar, era la competencia de países con salarios más bajos y con ética del trabajo todavía vigente, ya no lo tuvieron con los otros adentro, tampoco querían eso. Es bastante confuso el “no” porque tenía varias motivaciones que concurrieron en una derrota espectacular del proyecto de integración más ambicioso. Además el euro no les gustaba para nada, el euro era como el uno a uno, está muy caro el euro y eso gravita en el nivel de vida de todos. Habría que hablar un minuto de De Gaulle. Aparentemente es una paradoja que De Gaulle impulsaría la integración europea como lo hizo. De Gaulle le tenía miedo a la mediocridad y tenía que crear una épica para forzar a los franceses a un desafío. Esta tentación de la mediocridad en un país con un buen nivel de vida, sin épicas por delante. El quiso transformar a Europa en una proeza destinada a rescatar el centro de la historia en contraste con el avance norteamericano. Cuando él se va, cuando pierde su plebiscito en el 69, se va desilusionado del pueblo francés. Y así estamos nosotros en América Latina. Nos hemos quedado sin paradigma. Esta idea del MERCOSUR como reflejo de la Unión Europea se debilita enormemente cuando la Unión Europea muestra, después de varias décadas, sus limitaciones. La Europa de las patrias subsiste. Un francés sigue siendo un francés, un alemán un alemán y un inglés un inglés. Fíjense en el tema de la identidad nacional. Los intelectuales de derecha e izquierda se la han pasado desahuciando a las naciones. Adam Smith pensaba en un gran mercado mundial, Marx pensaba en una gran alianza de clases, y no hemos tenido ningún Smith o Marx entre los nacionalistas. Sus expresiones intelectuales fueron de alguna manera no tan brillantes pero el hecho es que la gente siguió muriendo por sus naciones. El obrero inglés y el burgués inglés murieron juntos y el alemán también, lo que pese a todo sigue suscitando el heroísmo final que es ir a la guerra y morir por su país, pero nadie muere por el MERCOSUR y nadie muere por la Comunidad Europea. Como diría Borges “nadie muere por el sistema métrico decimal”. Nosotros nos encontramos huérfanos de paradigma. Los europeos primero nos sacaron del Mercado Común y ahora nos dejaron afuera de la idea ejemplar. Acá se sigue sosteniendo el Mercosur como si fuera algo religioso. Ningún político se atrevería a decir hoy “yo desisto del MERCOSUR”, sería una especie de herejía inaceptable. Pero me parece que a nosotros en América Latina se nos plantean dilemas geopolíticos urgentes. Brasil ha imaginado la Unión Sudamericana porque es el espacio donde Brasil puede liderar. Para Brasil, la parte norte de América Latina, México, América Central, ya están perdidas, ya son norteamericanas pero todavía el sur es un espacio donde Brasil puede ejercer una irradiación como una de las cabezas regionales del mundo actual. Para la Argentina comulgar con este proyecto sería ser el número dos de ese proyecto. Como decía alguien un poco cruel “si no vas a ser el patrón de circo más vale estar con el verdadero patrón y no con un sub-patrón”. Es un poco la otra idea, que era la idea de Di Tella me parece a mí. Di Tella jugaba con Brasil y con Estados Unidos todo el tiempo para crear un cierto espacio de independencia a la Argentina. Esta sería una estrategia para la Argentina: no plegarse al proyecto sudamericano de Brasil. El otro proyecto que anda por ahí ya no nos pertenece, es el proyecto de la integración en la economía norteamericana, que evidentemente México lidera, el NAFTA, y todos los “NAFTITA” que se han ido haciendo en el Caribe en América Central, la unión con Colombia es muy profunda. Esta es una segunda posibilidad. Yo siempre recuerdo la época de Costa Méndez. Yo a Costa Méndez lo divido en dos Costa Méndez: el que no invadió las Malvinas y el que invadió las Malvinas. Yo colaboré con él cuando no invadió las Malvinas. Me acuerdo que la gran lucha argentina era para que nos metieran en un acuerdo preferencial de carnes en Europa. Me acuerdo la reunión que tuvimos con De Gaulle; Costa Méndez era muy seductor, entonces la Argentina en ese momento tenía índices económicos buenísimos, a principios del 1969, estabilidad, crecimiento, todo bárbaro, y De Gaulle tenía una pésima memoria de su visita a la Argentina en tiempo de Illia, lo escuchaba y entonces, cuando termina de hablar Costa Méndez, De Gaulle le dice: “Señor Ministro, lo felicito que buen momento están viviendo pero le recuerdo una sola cosa: les pays sont les pays”. Nos fuimos y al mes siguiente tuvimos el Cordobazo. Este sueño de la inserción en Europa quedó totalmente disuelto y entonces nos sentimos de un lado latinoamericanos y del otro no sabemos donde ponernos en América Latina y en América. No se olviden ustedes que el gran problema fue al final de la Segunda Guerra Mundial cuando dejamos de tener la estrategia histórica de todos -conservadores, radicales y peronistas- de apoyarnos en Europa en el arbotante para frenar al bárbaro del norte, esta es la idea. De golpe el arbotante se plegó al bárbaro del norte y nosotros nos quedamos sin saber donde ponernos y hubo ese intento así como mágico de Menem - Di Tella de cambiar de golpe, que tampoco echó raíces. México tiene un proyecto geopolítico, Brasil también tiene un proyecto geopolítico. La tercera alternativa que nos quedaría a nosotros es la alternativa chilena. Chile lo que ha hecho es una política en todas las direcciones, comercia con todos, se asocia con Asia, con Europa, con Estados Unidos, tiene un tratado preferencial con Estados Unidos y trata de preservar su identidad nacional. Por eso la tercera alternativa para una Argentina que diseñara un proyecto geopolítico sería una multiplicación de conexiones bilaterales. Nosotros tenemos una especie de hipoteca, no somos ni demasiado grandes ni demasiado chicos. Por ejemplo, Chile no puede suponer que no puede basar su estrategia en las exportaciones, es lo que le pasaba a Corea en los 60, a nadie en Corea se le iba a ocurrir que iban a desarrollar el mercado interno, tenían ciento sesenta dólares per cápita. Entonces esto no tiene vuelta. Hay otros mercados grandes, por ejemplo Estados Unidos, que tienen la idea de desarrollarse en el mercado interno. Nosotros no somos ni demasiado grandes ni demasiados chicos, y eso nos crea una especie de perplejidad geopolítica. Hay etapas como la actual que privilegiamos el mercado interno, hay etapas como lo hemos hecho antes donde hemos privilegiado el mercado externo, y no sabemos bien cómo ponernos. Yo a veces digo un poco en chiste “si a mí me dieran una dictadura por 24 horas fusilaría a los geógrafos” porque son los que han creado la ilusión de que el país es grande. Esta idea de que la geografía y no el mercado interno, el PBI, hacen la dimensión de un país. Entonces nosotros oscilamos entre un cierto proteccionismo y apertura, llevamos ya 30 años, porque no terminamos de definir nuestra inserción en América Latina y por lo tanto en el mundo. Mal que nos pese, la Argentina tuvo la inserción en el mundo en los tiempos del imperio británico. Se acuerdan ustedes del famoso discurso de Julito Roca en Londres que decía que la Argentina es una colonia no formal del imperio británico. La Argentina fue parte del imperio británico y a pesar de todo lo que se puede criticar de eso, sobre todo fueron críticas a posteriori. No hubo nacionalismo económico hasta los años 30. Cuando empezó a fallar, cuando se cerró el mercado inglés con la crisis del 30, empezó a criticarse el modelo subimperial. Ese modelo ya pertenece a la historia y no ha sido reemplazado. No hay otra definición geopolítica clara en la Argentina, hay diversas ideas y no conseguimos instalarnos nuevamente en el mundo, de alguna manera. Yo me pregunto si esta perplejidad geopolítica de la Argentina no ha coincidido con sus décadas de declinación porque evidentemente coinciden en el tiempo. De los 30 en adelante la Argentina empieza a no saber a donde está y empieza a estancarse a largo plazo en el plano económico. Ahora elegir una estrategia para la Argentina implicaría otra condición política que sería una concertación que es lo que garantiza el largo plazo, y la política exterior, ustedes lo saben muy bien, es una política de largo plazo. Nos quedarían dos tareas por delante: una concertarnos y otra concertarnos para un proyecto geopolítico superador de esta crisis que algunos dicen terminal. Yo creo que es terminal porque está terminando, porque se va a acabando esta etapa de perplejidad y la Argentina tiene que pensar seriamente como se reubica en el mundo, qué clase de inserción quiere en América Latina y en general en el planeta, para tener nuevamente un proyecto nacional de largo plazo donde todos los sectores políticos concurran y rebajen su competencia a cuestiones no esenciales. Esto sería una Argentina en la cual me niego a dejar de soñar porque me acuerdo que me decía un amigo ya muy viejo: “mire Grondona, yo he tenido una vida maravillosa, una vida familiar, tengo hijos, nietos, una vida profesional que me llenó de satisfacciones pero no me quiero ir todavía porque no me quiero perder el final”. Y yo tampoco me quiero perder el final y es una tarea que creo que tenemos nosotros como generación por delante, tenemos que repensar la ubicación geopolítica de la Argentina.
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