Conferencia del Embajador Vicente Espeche Gil sobre "La Política Exterior Argentina" PDF Imprimir Correo electrónico
Eventos - Ciclo de Conferencias "Pensar la Argentina"

Conferencia del Embajador Vicente Espeche Gil sobre “La Política Exterior Argentina”
21 de octubre de 2004, Auditorio del ISEN

Hagamos un ejercicio de imaginación y coloquémonos ya en 2014, cuatro años después de las celebraciones del bicentenario de la Revolución de Mayo. La política exterior será juzgada, en esa oportunidad, a la luz de tres criterios necesarios y simultáneos: la calidad de los objetivos que nos hayamos propuesto, la eficiencia con que los hayamos alcanzado y que hayamos sabido hacer una lectura fina de la realidad, en su triple dimensión histórica, presente y prospectiva.

Los tres criterios se corresponden con requisitos que habremos de tener en cuenta a la hora de formular una política, tres requisitos necesarios que hay que considerar conjuntamente.

Dentro de diez años se juzgará lo que hayamos hecho a la luz de estos criterios. Si juzgáramos la política exterior solamente por la calidad de sus objetivos, caeríamos en la retórica de las declaraciones utópicas, de alta inspiración pero de dudosa practicidad. Si lo hiciéramos solamente desde el punto de vista de la eficiencia en el logro, correríamos el riesgo de un pragmatismo alejado de toda ética, como nos ocurrió en épocas superadas, cuando se acuñó el eslogan efectista e infeliz de los argentinos derechos y humanos, o el anterior, voluntarista, de la Argentina potencia.

Si ignoráramos nuestra tradición, erraríamos en la evaluación del tiempo presente, y si nos negáramos a atisbar el mundo que nos espera, y que ya está en germen en el día de hoy, sería imposible cualquier acción política trascendente y duradera. Nuestro desafío es el de apuntar muy alto en los objetivos, pero sin despegar los pies del suelo, el suelo nuestro, el de la patria grande y el del mundo entero que debemos cuidar entre todos.

De los tres criterios, hay dos que sin duda son competencia específica de los profesionales del Servicio Exterior. En primer lugar, la lectura de la realidad, que no puede estar condicionada ideológicamente, ni achicada por apetencias políticas de parte, ni contaminada por intereses distintos de los del Estado. También corresponde a la Cancillería profesional una gestión eficaz y eficiente de la conducta, los actos y los gestos por los que se ejecuta la política, por los que se busca llevar a la práctica aquellos objetivos dados.

Hasta aquí es claro que se trata de responsabilidades que son propias del cuerpo profesional que la República ha querido seleccionar, formar, perfeccionar y mantener para sí.

¿Quiere decir, entonces, que la fijación de los objetivos es totalmente ajena a la diplomacia, y que es la conducción política la que los determina sin contar para nada con el aporte del Servicio Exterior? La respuesta es sí y no, secundum quid, dirían los escolásticos.
Sí, porque efectivamente es privilegio y responsabilidad del presidente de la Nación el fijar la política exterior. No, porque el Servicio Exterior debe reflexionar y proponer lo que su experiencia le enseña y aconseja. Una vez que la decisión está tomada, la diplomacia se ocupa de ejecutarla lealmente.

Nuestros sueños

A partir de estas premisas, animémonos a otear algunos de los acontecimientos de ocurrencia previsible o probable hacia 2010 y veamos qué sueños podemos abrigar en el escenario de este comienzo de milenio “humillado por la violencia, el terrorismo y la guerra”, como dice el papa Juan Pablo II.

La Argentina estará por octava vez en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a partir del próximo mes de enero. Las Naciones Unidas harán una revisión en profundidad a partir de la evaluación que haga el secretario general del informe que le entregue el panel de alto nivel a fin de este año. En la Argentina se celebrará la IV Cumbre de las Américas en noviembre del año próximo. En Roma, en 2007 se congregará la V Conferencia General del Consejo Episcopal Latinoamericano; en 2008 se habrá puesto en órbita el satélite argentino SAC Aquarius y en 2010 estaremos festejando el segundo centenario de la Revolución de Mayo.

Entre hoy y 2014 tendremos varias elecciones presidenciales y de renovación de las cámaras. En 2014, el Instituto del Servicio Exterior de la Nación habrá cumplido cincuenta y un años de labor ininterrumpida seleccionando y formando diplomáticos profesionales para la República.

Pero, más allá de la agenda fría del calendario, ¿cuáles serán nuestras ambiciones y nuestros sueños? Es un hecho probable el éxito de la renegociación de la deuda. Pero, el gran desafío es superar la pobreza y la exclusión social, generar nuevas fuentes de trabajo genuino, devolverle a la sociedad su movilidad ascendente y recuperar y aún superar los niveles de educación y salud de los que un día estuvimos orgullosos. Nuestra agenda estará condicionada por la prioridad de cumplir con nuestras obligaciones internas, con la deuda social que tenemos pendiente. Nuestra política exterior no solamente tiene que tomar eso como un dato de partida, sino que tiene que tomar la reversión de ese proceso como un punto de llegada.
Sabemos que deberemos convivir todavía durante algunos años con los efectos de la crisis, con la pobreza y la desigualdad. Pero la única convivencia posible es aquella de mantenerse en tensión por superar la inequidad. No podríamos conformarnos con la aceptación resignada de un hecho. Aspiramos a que nuestra política exterior y nuestro servicio exterior actúen como agentes de cambio y progreso en beneficio del desarrollo nacional.

Al hacerlo, sin embargo, tenemos que tener una visión grande de una Argentina que sea todo lo grande a lo que podamos aspirar. No podemos esperar a superar la coyuntura para pensar nuestra política exterior. Tenemos que ponernos en una actitud acorde con la potencialidad de la Argentina. Esa debe ser nuestra vara, bien alta. No podríamos ceder a la tentación de abdicar de objetivos ambiciosos, a la medida de nuestras posibilidades, porque la coyuntura no nos haya sido favorable. Miremos más atrás del ayer inmediato y veamos el país que hicieron nuestros mayores y el legado de grandeza que nos dejaron. No solamente por ser fieles a nuestra tradición y a nuestra identidad, sino para ser fieles a lo que el mundo necesita de nosotros. Si la realidad de hoy nos impone objetivos acotados, veamos de no cerrarnos a las posibilidades que tendremos en los diez años siguientes. Hoy y mañana, como ayer, América para la humanidad sigue teniendo vigencia, aunque de una manera diferente a la que se vislumbraba cuando se acuñó la frase. En esa América, la Argentina tiene mucho que aportar.

Entonces, por intensos que sean nuestros sueños, mal haríamos si creyéramos que todo depende solamente de nosotros, de nuestra visión, tesón y esfuerzo. Tendremos que navegar entre procesos que están dirigidos por otros y sobre los que, a lo sumo, tendremos capacidad de influir. En la década que nos espera, la Argentina tendrá cuatro grandes grupos de interlocutores y socios con quienes encarar nuevos proyectos:
-Buscaremos consolidar una relación de excelencia con los países vecinos, con quienes compartimos la rica y densa identidad que nos ofrece el Mercosur; mientras se desarrollan también ámbitos complementarios en los variados campos de la cooperación en los ámbitos sudamericano, latinoamericano, caribeño y finalmente hemisférico. Tenemos proyectos, desafíos e intereses comunes con Estados Unidos y con Canadá, países cuya evolución demográfica nos acerca cada vez más culturalmente. Sabremos redescubrir nuestro soft power que se proyecta con naturalidad, como ocurrió con los millares de profesionales latinoamericanos que se formaron en nuestras universidades y leyeron a nuestros autores de tratados durante décadas.

-La Europa reunida, a la que nos atan tantos intereses, seguirá siendo para nosotros un punto de referencia connatural y seguirá ofreciéndonos posibilidades y oportunidades congruentes con los fuertes lazos tradicionales, culturales y de sangre y las no menos importantes relaciones económicas.

-Nuestra presencia en Asia representa una porción cierta y muy importante en el escenario que estamos imaginando. Seguramente podremos ahondar nuestra acción en el norte de África y el Medio Oriente, donde las dificultades no han sido óbice para que pudiéramos hacernos presentes con nuestras tecnologías más avanzadas. Del mismo modo queremos aprovechar el enorme campo de expansión potencial para nuestros intereses exteriores en todos los cuadrantes, incluidos Oceanía y el África subsahariana. En todas las regiones tendremos que ser eficaces en materia de seguridad, relaciones comerciales, cooperación científica y tecnológica, incorporación migratoria, intercambio cultural; facetas que nos vinculan al mundo y vinculan al mundo con nosotros. En todo el mundo hay argentinos emprendedores que pueden ayudarnos, desde donde están, a seguir construyendo la patria.

- Finalmente, nuestra participación en los organismos internacionales, comenzando por las Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos. En estos ámbitos queremos aportar nuestra visión sobre la nueva institucionalidad internacional que el mundo necesita. Las relaciones internacionales ya no se definen por el resultado de la Segunda Posguerra. En los años que vienen deberemos hacer que las instituciones internacionales que nuestros países conforman, estén en condiciones de dar respuesta no sólo a problemas persistentes, como el armamentismo nuclear, el medio ambiente o el de Medio Oriente, sino a cuestiones que no estaban en sus agendas originales, como las distintas globalizaciones, el terrorismo, la inequidad lacerante de las disparidades abismales en el desarrollo humano en nuestra propia región o la criminalidad organizada a escala mundial.

La Argentina no tiene interés ni necesidad de desarrollar una proyección militar global, pero sí es nuestra responsabilidad participar de operaciones de mantenimiento de la paz que requiera el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Nuestra proyección será política, de cultura y de intereses comerciales. Una proyección acorde con nuestra visión del mundo y nuestro lugar en él, una visión libre de veleidades hegemónicas.

Estas acciones de política exterior requerirán recursos adecuados y suficientes, debidamente actualizados y bien gerenciados, con perspectivas de estabilidad y preservados de las fiebres súbitas que disponen el cierre de representaciones que poco tiempo después nos vemos obligados a reabrir.

Diplomacia y sociedad

Nuestros sueños se construirán a partir de la aspiración democrática. Hace solamente veinte años que hemos recuperado el proceso democrático. Digo aspiración y proceso porque se trata de una condición de permanente perfectibilidad. En los años que vienen queremos construir entre todos una democracia siempre mejor. Los méritos de nuestra sociedad lo harán cada vez más posible. Pienso en la extraordinaria y rápida capacidad de reacción, con dignidad y solidaridad, que ha demostrado nuestra sociedad golpeada por la crisis. Pienso en el papel ejemplar de la mujer argentina y en la sobriedad con que muchísimas de nuestras familias van superando sus dificultades. La Cancillería está conformada por argentinos que provienen de esta misma sociedad y nunca podría ser una torre de marfil. Nuestra ley no prohíbe la militancia partidista del diplomático, pero personalmente creo que es mejor que el diplomático en funciones sea un agente del Estado, con exclusividad.

Nuestra visión surgirá naturalmente de un diálogo amplio e intenso en el seno de nuestra política, con nuestro parlamento, con las fundaciones, las organizaciones no gubernamentales, las expresiones de la vida económica y académica, y con las comunidades religiosas y del ámbito laboral.

En la Cancillería se han creado recientemente instancias que tienen a su cargo una relación cada vez más intensa y recíprocamente provechosa con aquellas expresiones. Nuestra política exterior podrá enriquecerse al incorporar en su horizonte la visión, los intereses y las necesidades de la sociedad civil.

Lo que decimos respecto de nuestra sociedad, vale también para la acción diplomática en el exterior. Saber identificar esas necesidades y requerimientos supone una diplomacia sensible y cercana tanto a la propia sociedad como a las sociedades de los países ante quienes está acreditada. Una diplomacia que se mueva con comodidad en pasillos distintos de los de las cancillerías, que sepa no sólo hablar el idioma sino, sobre todo, comprender la cultura de la gente con la que se cruza, sin olvidar que hay mucha más gente con la que uno no alcanzará a cruzarse.

En este punto creo oportuno mencionar el papel de los medios de comunicación, que seguramente seguirán maravillándonos con sus avances. El periodismo y las agencias de noticias han trazado redes por las que circulan informaciones en tiempo real. La diplomacia no podría competir con ellos, pero tampoco debería hacerlo, ya que de lo que se trata es de ser capaces de hacer las mejores evaluaciones, basadas en el acceso privilegiado que el diplomático tiene a las fuentes mismas de la información, lo que no es sustituible por una agencia de noticias. Una política exterior nutrida con la vivencia cercana de las necesidades y aspiraciones de la sociedad, una sociedad informada sobre el mundo real, en diálogo con su Cancillería, producirá una conciencia lúcida sobre las grandes posibilidades que se nos abren, tanto como una visión realista sobre los límites de la acción posible.

Sobre esas bases y su continuidad, se irá conformando una política exterior de Estado con un núcleo duro de consensos básicos, construidos sobre los logros que cada administración ha ido alcanzando a lo largo de los años, en la que los argentinos nos reconozcamos y en la que el mundo podrá encontrarnos, reconocernos y confiar. La credibilidad no puede ser un objetivo de la política exterior, sino apenas la consecuencia de una conducta coherente con la ética, transparente, constante y convencida.

 

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