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DIA DEL DIPLOMATICO (29 de septiembre de 2008) Virtud: la honestidad "Este es un verdadero Israelita, un hombre sin doblez" (Jn. 1, 47) Queridos diplomáticos y a todos ustedes, los aquí presentes, permítanme algunas reflexiones sobre este personaje del Evangelio, Natanael, y sobre todo sobre cómo Jesús lo califica: "…sin doblez"…, en pobres palabras ¡un hombre honesto, una persona honesta! El sacerdote protagonista de un hermoso romance de J. Mantaurier, titulado "Cómo atravieso el fuego", un día se encuentra con un oficial del estado y no resiste a la tentación de someterlo a un interrogatorio: "Usted está en contacto con tanta gente en su oficina y fuera de ella - le dice -. Habitualmente, estos contactos se establecen con motivo de asuntos espinosos en los cuales intervienen la honestidad, la franqueza, el espíritu cristiano o pagano de sus clientes. He aquí ahora mi pregunta: ¿constata una diferencia sensible entre el comportamiento de un cristiano practicante con el de cualquier otro bautizado que ha olvidado el camino de la Iglesia, o para ser aún más precisos, entre un hombre llamado de iglesia y un laico fanático, imbuido de laicismo?". "La respuesta no viene de inmediato… aunque podría haber venido inmediatamente… cuando sus labios se cerraron, cuando su rostro se contrajo, responde: ¡Ninguna diferencia!" Se trata indudablemente de una sentencia congelante. No obstante sigue siendo una cuestión fundamental, que no podemos eludir. La línea divisoria que separa al creyente de quien no lo es, pasa también a través de la honestidad. Dicho en otras palabras: el cristiano no se distingue de los demás por el hecho de que va a la iglesia y reza dos oraciones, sino por el hecho de que cultiva el gusto por la honestidad, la lealtad, es devorado por la pasión de la justicia. Debemos precisar: uno es un hombre de fe en a medida en la cual, entre sus prácticas, no están sólo las religiosas, sino que también ocupan su lugar las prácticas de la honestidad, de la integridad moral, de la rectitud, del respeto al derecho, de la observancia de las reglas de la convivencia social. Me permito insistir: es necesario descubrir el gusto, el placer de la honestidad. Volver a encontrar la alegría de la aprobación de nuestra conciencia. Experimentar el embriagante sentido de la libertad de caminar con la cabeza bien alta. Reivindicar el derecho "de actuar diversamente". Más que dejarse dominar por la obsesión de los asuntos conducidos de cualquier manera, entrando quizá por el camino de los medios menos discutibles, es necesario reencontrar el camino de la austeridad, de un estilo sobrio de vida, de la fatiga, de la satisfacción por el trabajo bien hecho. El cristiano, si quiere salvar el propio nombre, no puede más que "resistirse" ante las cosas que no son del todo honestas a todos los niveles. Tiene el deber de oponer un dique de firmeza y de limpieza ante la marea de fango que amenaza sumergirnos. Ahora, ¿es posible hablar de cristianos "fuera de la ley"? Pienso que sí. Quizá todos entramos un poco en esta categoría. Un cristiano que se ocupa de sus asuntos sin fijarse mucho en las menudencias, que se refugia en una religiosidad intimista, que nunca sale al campo abierto para comprometerse a favor de su fe y de la justicia tomando la defensa de las víctimas, es uno fuera de ley. En una palabra fuera-de la ley-del Evangelio. El gran estudioso hebreo A.J. Heschel, después de haber participado en 1965, junto a Martín Luther King, en la marcha por los derechos civiles en Selma, confesó: "Era como si mis piernas estuvieran rezando". En esta prospectiva es de desear que los "verdaderos" educadores de los jóvenes les enseñen, a rezar también con las piernas, por las calles y en las plazas, lógicamente sin ninguna violencia. Y no quedarse tranquilamente arrodillados en la iglesia, aislados de los otros, suplicando a Dios por la paz y la justicia. Aquí entra en escena un verbo muy importante: exponerse, comprometerse - siempre sin violencia - y sobre todo "estar con" quien, aún no siendo de los nuestros, está sediento de la sed de justicia. Es necesario entrar en el medio, en lo vivo de las cosas con perseverancia y amor, quemarse más que quemar cirios. En definitiva, tener "hambre y sed de justicia" no quiere decir otra cosa que reencontrar la posición erguida y ponerse a "hacer algo", quizá después de haber recibido el estímulo de la oración. Indudablemente, la denuncia no basta. He aquí como A. Camus describe el propio descubrimiento fundamental: "… Después he comprendido que no basta denunciar la injusticia. Es necesario también dar la propia vida para combatirla. Ahora soy feliz". Y aquí me pregunto qué quiere decir, concretamente, ser, según la fórmula acuñada por Cristo en el Sermón de la Montaña, "…hambrientos y sedientos de justicia… de honestidad". Creo que significa muchas cosas: - tener los ojos abiertos aún a costa de quemarlos; - estar mal; no poder soportar determinadas situaciones; - considerar intolerables ciertos estados de cosas basados en el desorden constituido y frecuentemente legalizado; - aceptar, perder la cara y quizá también la vida; - rechazar las fórmulas diplomáticas no transparentes; - rechazar las fórmulas hipócritamente consoladoras: - estar dispuestos a pagar un precio muy elevado por nuestras tomas de posición. Después en cuanto a la promesa hecha por Cristo a estos "bienaventurados", pienso que el "ser saciados" está para indicar que serán "insaciables". Jamás satisfechos. Jamás resignados. Está quien es insaciable en la propia avidez y glotonería: Estos, en cambio, resultan "insaciables" porque advierten en la propia carne la picadura de la necesidad de los otros, el silencio ensordecedor de los niños privados de instrucción, la rebelión de los excluidos del banquete de quien tiene y no comparte. Queridos amigos la cuestión de la honestidad y por lo tanto de la justicia, no puede reducirse a un ejercicio dialéctico, argumento de conferencias y mesas redondas y congresos con espléndido almuerzo incorporado. Debe hacerse remordimiento, inquietud, un verdadero peso para nuestra conciencia. Pero también pasión arrolladora. En realidad antes de ser "beatos" los hambrientos y los sedientos de justicia son también los descontentos. La Virgen María nos ayude a ir en búsqueda de las virtudes de la honestidad y de la justicia y aún más nos las haga buscar en nosotros mismos. "Reencontrarnos" y hacer emerger, dentro de nosotros este anhelo insuprimible de la honestidad y justicia, capaz de realizarnos personalmente y hacernos capaces de dar un verdadero Mensaje a nuestros hermanos.
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