|
Antes que nada quiero decirles que experimento una enorme alegría y una profunda satisfacción al compartir con Uds la grata circunstancia de festejar un nuevo Día del Diplomático Argentino. La trascendencia del hecho se agiganta particularmente al recordarse además los 20 años de la constitución de la Asociación Profesional del Cuerpo Permanente del Servicio Exterior de la Nación y la conmemoración del trigésimo aniversario de la Sanción de la Ley 20957, que estableció en forma definitiva el Régimen Orgánico del Cuerpo Profesional Argentino. En un país político en el que se va extendiendo la práctica de denigrar adversarios y experiencias. En los días en que académicos nacionales y extranjeros, observadores y analistas, propios o extraños, emplean - sin tapujo alguno - conceptos y palabras que parecieran hablarnos de decadencias sin destino, rencores sin retorno y hasta decepciones terminales. En momentos en que en medio de graves frustraciones colectivas se buscan modelos exógenos, muchas veces alejados de nuestra geografía y cultura, cuando no cercanos pero en los que no hace tanto, se admiraban nuestras condiciones y realidades, resulta para mi particularmente aleccionador y edificante identificar una actividad, un sector del estado, un instrumento jurídico, un sistema organizativo, auténticamente nuestro y del cual podemos sentirnos, todos los que estamos noblemente involucrados, genéricamente orgullosos. Por supuesto que en el medio nacional en que vivimos y las duras etapas que se han debido superar, no podemos ignorar ingenuamente las múltiples imperfecciones y dramáticas circunstancias y limitaciones que nos han afectado, y en algún sentido nos afectan, en tantos años de azarosa travesía. Lógicamente la tentación al abordar estos temas relacionados con el Servicio Exterior de la Nación está fuertemente atraída por la proximidad del Bicentenario de nuestra Independencia y los exigentes requerimientos que esa trascendente celebración plantea al conjunto del pueblo argentino. Y es en tren de balance y perspectivas, en especial desde las manifestaciones orgánicas de la comunidad nacional, en que caben algunas reflexiones. Es así señoras y señores, diplomáticos argentinos, que tengo la más firme convicción de que Uds han hecho, y harán todavía un aporte decisivo. Brillante y sólido, solvente y abnegado, y ejemplarmente eficaz. Pero esto no se ha dado ni se dará en el vacío. La Ley 20957, cuya sanción hoy recordamos, articula un sistema funcional y orgánico, que podríamos llamar tricotómico, en el cual el Instituto del Servicio Exterior de la Nación es la fuente de selección , formación y capacitación de los futuros funcionarios y ya va por sus muy lozanos y vitales 42 años, la Junta Calificadora que es el órgano de dirección profesional de la carrera con responsabilidades de control, selección, perfeccionamiento y corrección, y el Consejo Superior de Embajadores - que no por nada tardó 14 años en integrarse - es un ámbito natural de asesoramiento a la máxima autoridad política del Ministerio, el señor Canciller de la República, y puede ejercer una inestimable y útil orientación hacia un cuerpo específico, con historia, tradición y futuro que necesita y valora la excelencia del conocimiento, el prestigio y la experiencia. Es en el funcionamiento perfecto de esta tríada, y en el mayor empleo de todos sus recursos, en los que la conducción política del estado alcanzará, el máximo rendimiento del instrumento con que la Ley ha dotado al país, para la mejor ejecución de su política exterior. La Ley 20957 sistematiza una carrera jerárquica, y un régimen estable, previsible y estimulante, tiene previstos los ascensos y reclamos, los traslados, rotaciones, plazos, licencias, méritos, jubilaciones y retiros. Promueve desde el primer artículo hasta el último la defensa irrestricta del interés nacional, la valoración de la excelencia, la vocación de servicio, un espíritu de superación personal y de competencia profesional, leal y abierta, a través del mayor respeto a las reglas de juego que la misma legislación y su reglamentación ordenan. Nadie duda, por otra parte, que además de haberse perfeccionado por el persistente empeño en aplicarla por parte de los funcionarios que se movilizan y participan de las actividades enderezadas a la defensa de los legítimos intereses profesionales como bien lo indica la Ley en su mismo articulado, la savia nueva que se incorpora año a año a la carrera, le va introduciendo una renovación vital extraordinaria, en una notable ampliación de miras, cualidades y pluralismo, que garantiza su permanente actualización, representatividad, inserción social y conexión federal. Pero, como se dice, todo milagro obedece a una concepción estratégica. No ha habido generación espontánea y no han faltado dificultades y vaivenes. El brazo diplomático de la política exterior nacional se ha ido conformando - tal como ahora lo observamos - en una continuidad histórica y jurídica, que si bien no quedó al margen de las alternativas políticas e institucionales que conmovieron a nuestra patria, se apoya al menos desde practicamente la segunda mitad del siglo pasado en la ley 12.951, de 1947, la ley 16486 del 64, y los decretos/leyes 2707, 17702 y 19300 de 1963, 1968 y 1971 respectivamente. Todos esos antecedentes estuvieron en el análisis y discusión al ser elaborado y debatido en ambas cámaras, el proyecto que se aprobó prácticamente por unanimidad, a mediados de 1975. ¿Y cual fue el contexto en el cual se logró cuajar este empeño? A principios de los años setenta, vivíamos una etapa de gran confrontación política, ideológica y generacional. Gravísima en la medida de su tiempo, de peligrosos desencuentros y violencia creciente y en un escenario mundial en el que predominaba la competencia geopolítica de las grandes potencias, y pugnaba por desarrollarse una Tercera Posición sustentada en el No Alineamiento Internacional. En ese marco, la democracia argentina tuvo una oportunidad. Eran los tiempos en que las FF AA transferían el poder a las autoridades elegidas por el pueblo y se abría paso un criterio de amplia y legítima representatividad popular, sostenido por los partidos políticos en la ya histórica Hora del Pueblo. Eran los tiempos en que el General Perón desde la alta magistratura de su tercera presidencia constitucional y a pesar de la inercia de la confrontación violenta, instaba a la paz, y la reconciliación. El Dr Ricardo Balbín aseguraba: “El que gana gobierna y el que pierde ayuda”. Argentina era la voz de América Latina en las reuniones de Washington y Atlanta. Se consolidaron los proyectos hidroeléctricos en la Cuenca del Plata, se atravesaron barreras ideológicas, se resolvieron problemas bilaterales de vieja data, tuvimos éxitos diplomáticos de trascendencia en los foros mundiales y regionales en que se decidió actuar. Así, llegó al Congreso el proyecto de Ley del PEN, elaborado en equipo, compuesto por diversos aportes supervisados por el Canciller Alberto Vignes y su gabinete, así como discutido, modificado y enriquecido por la tarea de las comisiones de RR EE del Senado y Diputados. Fue más de un año de intenso trabajo parlamentario. Intenso y sostenido, público, participativo, abierto y transparente. Digamos que se intentó que todo el mundo hiciera conocer su parecer. Alí están los distintos dictámenes de Institutos y Universidades consultadas, o legislaturas y entidades que se hicieron oír, y fundamentalmente, los jóvenes, diplomáticos, profesionales y académicos, así como los proyectos de otras bancadas que fueron tenidos particularmente en cuenta, acorde con los consensos que se buscaron en la emergencia. En nuestra Comisión de Relaciones Exteriores - que tuve el honor de presidir - los diputados Adolfo Gass y Carlos Imbaud, en el Senado Italo Luder y Luis León. El Frente Justicialista de Liberación con el peronismo, el desarrollismo, los conservadores populares y la democracia cristiana. La U.C.R., el Partido Intransigente y también fuerzas provinciales, demócratas y federales, contribuyeron al amplio apoyo que recibió el proyecto definitivo. Y aquí estamos. La ampliación de incumbencias del Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto y la incorporación del Servicio Económico Comercial de la Nación al Régimen de la Ley del Servicio Exterior, han extendido todavía más su horizonte, y el voto de los argentinos residentes fuera del país y la emigración por miles, de compatriotas que buscan afuera lo que les niega su tierra, exigen la atención de nuevas responsabilidades profesionales. Suele atacarse al Servicio Exterior de la Nación por lo que se consideran sus rasgos corporativos. En realidad no hay tal cosa. Y si la hubiere depende del mismo cuerpo expurgarla. Una corporación que es capaz de autodepurarse, no es una corporación. Es una Institución. Toda obra humana es perfectible y el mundo evoluciona y se complica hasta límites inimaginables. Es probable que algo haya que corregir, pero mientras buscamos la respuesta para un futuro que se precipita, en momentos en que todos somos vulnerables, hago votos para que la prudencia - virtud angular de la diplomacia - ilumine a los responsables de conducirla. Mientras, entre una duda razonable y una esperanza necesaria, se avanza en la política global hacia un universalismo en el que deberán predominar la justicia, el equilibrio y la armonía entre todas las naciones, el servicio exterior - nuestro Servicio Exterior de la Nación - puede contribuir decisivamente, en la proyección del destino de la argentina en el mundo.- Muchas gracias.
|