Jornada del Diplomático Argentino (29 de septiembre de 2005) Mientras en los dos últimos años el trozo del Evangelio y por lo tanto la figura de San Gabriel nos ha ofrecido algunas reflexiones sobre el “diplomático” como el “hombre del silencio” y el “hombre de la palabra”, hoy el mismo trozo evangélico, y por lo tanto la figura de San Gabriel, nos puede decir algo sobre el “diplomático” como el “hombre de la sensibilidad” y el “hombre de la fineza”. ¡La sensibilidad! Una virtud que junto a la fineza, su compañera inseparable, se está volviendo cada día más rara. El lugar dejado vacío por la sensibilidad es ocupado - sería más exacto decir “usurpado”- por la insensibilidad, que se expresa con la grosería, con la indiferencia. En realidad para comprender qué se entiende por sensibilidad, es necesario partir de su opuesto, es decir de la insensibilidad, que se podría definir como la capacidad de levantar una espesa, impenetrable “cortina de acero” entre nosotros y el prójimo. Un muro perfectamente insonorizado, por lo cual no transmite la más mínima vibración. Osaría decir que el individuo insensible logra, sin más, borrar al otro, hacerlo desaparecer del propio horizonte. El doctor de la ley se ha apresurado a preguntar a Jesús “¿Y quién es mi prójimo?” . Con frecuencia mucha gente no tiene para nada ese tipo de preocupaciones. Los que procuran toda clase de ruidos (radio, televisión, motorcitos, pequeños teléfonos) con el sonido abierto al máximo, no les importa ni siquiera el problema de los vecinos. ¿El decibel a un nivel aceptable? ¿No molestar? Para ellos el problema no existe. ¡Están solos en el mundo! Los otros seis millones de personas han sido abolidos. La insensibilidad crea el desierto. Un desierto a llenar con ruidos, prepotencias, egoísmos de todo género. En la oficina te encuentras siempre aquél o aquélla que no se limita a encender un cigarrillo después del otro, a modo de movimiento perpetuo, sino que a un cierto punto se acomoda a poco más de un metro de tu escritorio y, volviéndose hacia ti, con el aire típico de un benefactor de tus pulmones, te rocía con el humo pensando quizá que te hace una gracia... en este caso ¡fumigada! A muchos de ustedes les habrá pasado entrar en la oficina de un Superior o de una Autoridad. Les hace señal de acomodarse, mientras él está concluyendo un llamado telefónico. Tal vez la secretaria con anterioridad les ha hecho esperar un “momentito” que duró tres cuartos de hora, aunque les haya fijado una entrevista precisa, recomendando la máxima puntualidad. Dejado el auricular del teléfono, el personaje en cuestión les ruega que tengan un “momentito” de paciencia, el tiempo necesario para tomar algunas anotaciones. Luego llama a la secretaria y le da explicaciones sobre un trabajo y le imparte particulares disposiciones, entre las cuales también, la de no molestarlo más, a no ser que se trate de cosas urgentes. Finalmente, después del “momentito” - de casi veinte minutos- anuncia: “vengamos a nosotros... veamos si es posible...” En aquel momento suena el teléfono. Ciertamente se debe tratar de un caso urgente, porque le asegura bondadosamente al que está en el otro extremo del hilo telefónico “Figúrate... tu no molestas en absoluto... dime. ¡Estoy sólo para ti!”. La conclusión es muy simple: ¡el que molesta eres precisamente tú, si bien has sido convocado! También están los mal afamados, codiciados y detestables pequeños teléfonos o celulares. Una gran comodidad sin lugar a dudas, por lo menos en ciertas circunstancias. Solamente que los casos de necesidad se extienden desmesuradamente y el pequeño teléfono puede transformarse en una forma ridícula de ostentación y sobre todo, en un medio refinado de tortura infligido al prójimo. Puede pasar, por ejemplo, que se es invitado, siempre por un amigo, al restaurante.: “¡Así podremos intercambiar cuatro palabras con toda tranquilidad! -te asegura-. La desgracia es que el celular no ha sido avisado de estos buenos propósitos, y mucho menos se ha procurado desactivarlo. ¡En realidad cierta gente prefiere dejar descargar el Pace Maker o provocar un desastre aéreo, antes que apagar el pequeño teléfono! Así tú eres obligado a permanecer callado y replegado sobre ti mismo por largo tiempo, mientras tu “amigo” conversa desenvueltamente -y en voz alta, de tal manera que se hace sentir en toda la sala- con el invisible interlocutor telefónico quizá más afortunado que tú. Lógicamente, mientras tanto, te ha venido la duda de ser tú más invisible e intruso que el que está de la otra parte. Y ahora, después de haber considerado solamente un par de ejemplos de insensibilidad pasemos a la parte positiva, es decir a la sensibilidad. La sensibilidad es una de aquellas virtudes rarísimas de las que se han perdido las huellas y si está todavía en circulación -y así se espera- se comporta clandestinamente y lo hace con un estilo de reserva tal de desflorar la invisibilidad. Por lo que no es fácil reconocerla. Procuremos, ahora, esbozar sus lineamientos esenciales, de tal manera de adjuntarles una especie de identikit más atendible Podemos de inmediato decir que la sensibilidad representa una cualidad fundamental del amor o, si se prefiere, de la caridad. La caridad tiene tres grados que corresponden a otros tantos imperativos. El primero se coloca en una dimensión negativa: “No hacer a los otros lo que no quisieras que los otros te hagan a ti”. Es decir, no hacer el mal. Es un aspecto no por cierto insignificante, pero no basta. Ciertos buenos cristianos que se justifican: “Yo no hago mal a nadie...”, no pueden por esto quedarse tranquilos. Esa expresión puede ser fruto de una actitud egoísta, que tutela la propia comodidad y justifica la indiferencia. El verdadero amor no se confunde con el vivir tranquilo. Es necesario ahora pasar al segundo grado, que representa la novedad evangélica: “Debes hacer a los otros lo que desearías que los otros hicieran contigo “. (cfr. Mt. 7,12). Nos encontramos en un nivel claramente superior. En efecto, aquí se trata de hacer, positivamente, el bien, y no solo de evitar hacer el mal al prójimo. Sin embargo también aquí persiste siempre el peligro de transmitir al otro nuestro bien, el que nosotros tenemos en nuestra cabeza y que no necesariamente es el de nuestro prójimo. Existe el peligro de prestar al otro y de trasladar al otro nuestros deseos. Es necesario, por lo tanto, pasar al tercer grado: “Haz al otro, lo que él querría que tú le hicieras”. Ésta es la sensibilidad, que exige atención, delicadeza, intuición, fineza y respeto. Es cuestión de sintonía. Es necesario descubrir lo que el otro quiere de mí en este preciso momento, en esta situación particular, evitando de darle lo que nosotros habíamos establecido con anterioridad. “Haz al otro, lo que él querría que tú le hicieras”: he aquí la base para definir al diplomático “hombre de sensibilidad, de fineza”. Que el Arcángel San Gabriel nos ayude en éste no fácil deber, de ser “hombres sensibles y finos”, pero por otra parte necesario si queremos ser, de nombre y de hecho, auténticos diplomáticos.
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