29 de septiembre de 2005, Palacio San Martín. Estimados amigos: Desde que el personaje de Santiago Nasar cumplió fielmente los ritos que lo llevaron a encontrarse con su crónica y anunciada muerte al pie de la Sierra de Santa Marta, para que la pequeña aldea sobre la Costa del Caribe retome el orden que impone el calor, los zancudos y los caudillos, los latinoamericanos sensibles hemos desarrollado cierta aprehensión hacia los finales ineluctables. Este tanático exordio es la excusa que tiene este Canciller, autodenominado in artículo mortis, para dejar en ustedes algunas reflexiones que serán leídas durante el Día del Diplomático y en mi ausencia, producto de un viaje de trabajo, cuando ya sé, cuando ustedes ya saben, que dejaré mi cargo en breve. He trabajado mucho con los diplomáticos argentinos, nos hemos reunido cientos de veces, viajamos por todos lados, estudiamos, aprendimos, recibimos y generamos presiones, sorteamos operaciones de prensa, soportamos veleidades culturales, dinastías políticas, injusticias geográficas, ganamos y perdimos negociaciones y saltamos por encima de los estereotipos. A fuerza de trabajo y constancia, a cambio de confianza y decencia, producto de la superación y del sopor enajenante del jet lag, puedo afirmar con claridad que el concepto diplomacia argentina dejó la categoría de oxímoron para adquirir la condición de metonimia, casi de sinécdoque, como los “áridos camellos” que Borges detecta en Lugones. Si partimos del axioma que las particulares características de la administración del Presidente Néstor Kirchner no son producto de una azarosa casualidad ni un acto de la Providencia, sino el resultado del proceso histórico reciente, con trágicos ribetes generados por la crisis de un Modelo de Nación y la ausencia de un liderazgo político genuino, vemos que hay una lógica implícita en la labor que desarrollamos en este Ministerio. Porque sin caer en nacionalismos irredentistas ni provocaciones folclóricas, la estrategia general del gobierno fue la de implementar reformas tendientes a generar un fenómeno inverso al acaecido durante años, buscando re-capturar un Estado que había sido cooptado por las corporaciones, poniéndolo al servicio de los ciudadanos argentinos, rehabilitando el uso de las políticas públicas como herramientas claves para sintetizar las demandas sectoriales, generando una democracia incluyente, pergeñando una ciudadanía madura. En ese proceso histórico en el que se busca recuperar la primacía de la política, la relación entre la autoridad gubernamental de turno y la estructura tecnoburocrática resulta clave. Se requiere aumentar la racionalidad en el proceso de toma de decisiones y es preciso una ejecución profesional de los objetivos del Estado-Nación. En dos años de diplomacia, hemos puesto la Cancillería al servicio de la gente, acudimos en ayuda de los argentinos lejos de su país, promovimos nuestros derechos comerciales, intercambiamos cooperación científica, defendimos nuestras posturas históricas, fuimos previsibles, supimos acordar consensos, batallamos incansablemente por la Causa de las Malvinas, promovimos los Derechos Humanos, abrimos el Ministerio a la Sociedad Civil, aumentamos las exportaciones, generamos espacios de discusión académica, captamos inversiones y cuidamos cada centavo de nuestro presupuesto, entre otras múltiples tareas. Supe entonces que los diplomáticos argentinos son ciudadanos esforzados, talentosos, padres y madres de familia, gente normal que deja su barrio, su café, sus familiares, sus costumbres, arrastra hijos y pierde amigos, para representar a su país, para defender los intereses de los suyos, para adaptarse a las circunstancias más extrañas. La diplomacia argentina tiene un nivel de excelencia. Pero falta mucho por hacer. Se requiere abandonar toda desconfianza entre diplomáticos profesionales y políticos de turno. Hay que fortalecer el rol clave del ISEN en la selección y el entrenamiento académico de los diplomáticos con la mayor heterogeneidad demográfica e ideológica posible. Tenemos que terminar con la improvisación como regla, homogeneizando posturas con otras instancias estatales en escenarios internacionales, hay que abrir más la Cancillería a la Sociedad, comunicar mejor nuestro rol al argentino de la calle, debemos caminar las Provincias, liquidar para siempre el estereotipo de que la diplomacia es una canonjía cuasi hereditaria. Las instituciones humanas son pavlovianas. Por ello, debemos dar más oportunidad de expresión y decisión a los diplomáticos de menores rangos, premiar las iniciativas y el pensamiento autónomo y terminar con el artilugio advenedizo. Diplomacia es una palabra originada en el vocablo griego diploó, que significa doblar o plegar, permitiendo que un mismo agente se acredite en dos o más estados a la vez. Pero no significa otra cosa. Guardianes de los intereses de nuestros ciudadanos, debemos ser cautos con las modas y las tendencias, evitando el entusiasmo con lo que brilla. Es importante por ello abandonar la idea peregrina de que existe un atajo mágico hacia el Primer Mundo, a cambio de la sobreactuación del seguidismo automático. Debemos configurar una articulación razonable con el planeta, un proyecto político que implique al otro, que atienda nuestras particularidades y necesidades de los argentinos comunes y aproveche las oportunidades que brinda la época. No somos producto de un contrato, somos una comunidad, somos argentinos y así debemos proyectarnos hacia el mundo. Partiendo de la memoria, debemos reconocernos construidos de miserias y virtudes, para felicitarnos y revisarnos, como buenos seres humanos, todo el tiempo. En 1982, el entonces General de Brigada Llamil Reston dijo que “la autocrítica es una palabra comunista”. Sin embargo, los políticos y los diplomáticos argentinos tenemos mucho que revisar, para no volver a equivocarnos. No hay manera de representar a un país que viola los Derechos Humanos de manera sistemática. Las corporaciones deben tener el coraje de recordar qué hiciero en ciertos momentos de la historia. Amigos, no hay manera de dejar este Ministerio. Cierto saludable anatema me condenará a pensarlos y tenerlos a mi lado y junto a los míos. Siempre. Parafraseando a otro rosarino, en poco tiempo nada legal me atará a ustedes, salvo lazos de otra clase que no se pueden romper. Sólo me queda, entonces, felicitarlos por el Día del Diplomático, brindar por su salud y la de sus familias y pedirle que sigamos trabajando para que éste sea un país adónde siempre sea sano volver, un pueblo en paz, un sitio adonde, un día, no haya más penas ni olvido. Muchas gracias.
|