Homilía del Nuncio Apostólico: El diplomático, hombre de la “Palabra” PDF Imprimir Correo electrónico
Eventos - Día del Diplomático

Jornada del Diplomático Argentino (29 de septiembre de 2004)

El silencio de la Casa de Nazaret, donde el Arcángel San Gabriel ha llevado el alegre anuncio, nos ha ofrecido, el año pasado, la ocasión para hacer algunas reflexiones sobre el diplomático como el “hombre del silencio”.

En realidad, fue precisamente en aquel oasis de silencio que, al anuncio del Angel, el Verbo, la Palabra, se ha hecho carne y ha venido a habitar en medio de nosotros. De aquí la estrecha conexión entre el Silencio y La Palabra.

Por lo demás, si recorremos un poco la historia de la Salvación, limitándonos solamente al Nuevo Testamento, vemos que siempre es desde el silencio que la “Palabra”, y no las palabras, surge inconfundible y creadora como lo fue al inicio de la Creación.
Así, como en Nazaret, será en Belén que el Cristo, el Verbo, la Palabra, en lo más profundo de una noche silenciosa, se mostró a los Pastores.
Será aún después de treinta años de silencio en Nazaret, que Cristo, el Verbo, la Palabra, luego de haber recibido el bautismo a orillas del Jordán, iniciará el anuncio de su Mensaje.
Siempre será después de largas oraciones pasadas en el silencio de la noche que Jesús, el Verbo, la Palabra, tomará las más grandes decisiones, como la elección de los Apóstoles y cumplirá los más estupendos milagros.
Finalmente, será después de tres días de silencio en la tumba, que el Cristo, el Verbo, la Palabra, triunfará sobre la muerte con el más grande de los acontecimientos y milagros: ¡su Resurrección!
- He aquí por lo tanto, la estrecha interdependencia de la Palabra y el Silencio.
- De aquí el origen de la Palabra (y no de las palabras), del silencio.
- De aquí la necesidad del silencio para cualquier ser humano y en particular modo para el mensajero, para el diplomático, para ser el verdadero ¡portador de la “Palabra”! El diplomático como el “hombre de la Palabra”.

En realidad mientras la “Palabra” nace del silencio, las palabras nacen del ruido, de la confusión, de la superficialidad. Las palabras las tenemos en abundancia y hacemos un uso excesivo de ellas.
El exceso de las palabras puede ser un signo de pobreza, y el uso demasiado desenvuelto de las palabras hace perder credibilidad a la “Palabra” hasta apagar su fuerza y eficacia.
Ya el Qohelet había denunciado el fenómeno: “Todas las palabras se gastan y el hombre no puede usarlas más”. Las palabras se vuelven así cansadoras, agotadoras y en cuanto tales terminan por aburrir tornándose insoportables.

La Palabra en cambio, evade el ruido y brota en el silencio. Y el silencio no es desamor, desprecio de la Palabra, fuga del lenguaje, pero sí es rechazo de la palabra anónima, irreprensible, impersonal, superficial y mecánica.
El silencio dice más bien amor por la palabra originaria, viva, fecunda, nueva, sorprendente. Más que rechazo del lenguaje, el silencio es revalorización de la Palabra.
Quien ama el silencio, ama también la Palabra esencial.
Quien ha olvidado el silencio, ha olvidado el hablar.
Ha sido agudamente observado: “Cuando se aprende una lengua extranjera, sería necesario aprender también el silencio de aquéllos que la hablan, su modo de callar. Sólo así se tendría el pleno dominio de la lengua” (Ursicin Derungs).
Quien no conoce “largos silencios luminosos”, no logrará jamás iluminar con la Palabra. A la muerte del silencio, sigue inevitablemente la muerte de la Palabra.
La Palabra verdadera no rompe el silencio, sino que procede de él, lo expresa y a él regresa.

De lo dicho hasta ahora, un filósofo contemporáneo, Merleau-Ponty, distingue entre “palabras habladas” y “palabras hablantes”.

Las primeras, las palabras habladas, son consideradas como palabras no pensadas, viejas, no creíbles. Gargarismos lingüísticos, palabras gritadas, palabras para impresionar, palabras llenas de sí, palabras fantasmas. Se trata de un fenómeno que mira sobre todo a un cierto lenguaje burocrático, que asoma sobre los labios casi a través de un automatismo, un juego de reflejos condicionantes, como le pasaba a los perros de Pavlov.

La segunda, es decir la “palabra parlante”, es aquélla que dice algo. Palabra esencial, auténtica, palpitante, cálida, más bien incandescente, además que transparente.
Se trata de una Palabra para tomar en serio, que tiene peso, que viene de lejos. Una Palabra que, tal vez, nos examina despiadada y misericordiosamente, en todos los ángulos de nuestro ser.
La Palabra hablante es la de un lenguaje que brota de la profundidad, de una zona secreta, gracias a un lento y fatigoso trabajo de extracción, por lo que cada una de aquellas Palabras son como un trozo de carne, una parte viva y alguna vez doliente, que se desprende de la persona que habla.
Aquellas palabras, sacadas con extrema dificultad, contienen una carga infinita de silencio. Quizá no resuelven algún problema, pero hacen pensar. No ofrecen explicaciones, pero constituyen una invitación a la reflexión o mejor a la meditación.
Con el silencio, además de verdadera, la “Palabra hablante” se vuelve “creadora”, se transforma de hecho en acontecimiento. De vez en cuando se reconoce la palabra como don, como prodigio sorprendente.
¿Tomar la palabra? No, tomar el silencio.
Juana de Arco, a los jueces que le hacían preguntas insidiosas, declaraba: “¡Ah, si estuviera en mis bosques, sabría qué responder!”: ¡la Palabra hablante como Palabra creadora!

Debemos callar mucho si queremos fabricar una Palabra que haga suceder alguna cosa. La Palabra que es perdida en medio de las palabras, puede ser reencontrada solamente en el desierto.
La Virgen María nos ayude a reencontrar la Palabra hablante y a volver a llamarla en nuestra ayuda, garantizándole que no la pondremos a disposición de los labios, sino que la colocaremos en la zona más secreta de nuestro ser. La Palabra, efectivamente, debe encarnarse en una persona, “hacer cuerpo” con ella y no simplemente “salir” de la boca.
Hoy nos preocupamos obsesivamente de los medios de “comunicación”. Y nos ilusionamos que basta con disponer de determinados instrumentos -siempre más sofisticados y poderosos- para lograr todo y alcanzar seguramente un número siempre más grande de individuos.
Olvidamos que el verdadero problema no es el de los “medios”, sino el de la persona. Es necesario poseer la Palabra (o mejor, ser poseídos por la Palabra), más que poseer los más actualizados medios de comunicación.
Una persona “verdadera”, abrasada por la pasión de la Palabra, logrará de algún modo, también con medios pobres, y haciendo un uso discreto, llegar a algún corazón.

María, maestra de la esencialidad y San Gabriel, patrono de los diplomáticos, en la maraña de tantos caminos y plazas rimbombantes de palabras estruendosas y vacías, nos haga conocer el camino secreto que lleva a descubrir la “Palabra silenciosa”, característica del hombre de la Palabra.

 

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