La última frontera de la conservación PDF Imprimir Correo electrónico
Listados - Colaboraciones

Domingo 25 de Febrero de 2007 - República Democrática del Congo

La embajadora argentina María Susana Pataro fue invitada a conocer este lugar del África, donde las cicatrices de la guerra se unen a una lista de amenazas que pesan sobre su biodiversidad

No se anunciaba como un paseo turístico. La invitación del Instituto Congoleño para la Conservación de la Naturaleza era clara: conocer de primera mano las amenazas que pesan sobre los parques nacionales Virunga y Kahuzi- Biega. Inscriptos ambos en la Lista del Patrimonio Mundial por ser el hábitat de especies amenazadas -como el gorila de montaña y de tierras bajas-, así como por su excepcional biodiversidad, figuran en la lista en peligro.

Aunque la guerra concluyó en 2003, la presencia de grupos rebeldes -guerrillas de Uganda, rebeldes hutus ruandeses interahamwe y mai mai locales- continúa asolando las áreas protegidas del país con la consiguiente destrucción del hábitat, la masacre de especies amenazadas, el tráfico de marfil y de minerales, el comercio de carne salvaje y el ataque a las comunidades vecinas. De persistir, esta situación no sólo creará un foco de desestabilización permanente, sino que comprometerá el futuro de estos sitios e impedirá su recuperación para un desarrollo turístico que genere riquezas para las poblaciones aledañas, como sucedía antes de la guerra.

La habituación de los gorilas comenzó en Kahuzi-Biega a fines de los años 70, cuando en la República Democrática del Congo existían guías entrenados para las visitas, con algunas estaciones famosas por sus atractivos y su calidad hotelera, hoy devastada. Ruanda y Uganda están beneficiándose de esta situación, ya que los turistas, atemorizados por la inseguridad, en la actualidad prefieren esos destinos.

El desafío de la visita se justificaba por varios motivos. La República Democrática del Congo, uno de los países más extensos del Africa y que limita estratégicamente con otros nueve (Congo-Brazzaville, República Centroafricana, Sudán, Uganda, Ruanda, Burundi, Tanzania, Zambia y Angola), es considerada el segundo pulmón del planeta -después de la Amazonia-,por su extraordinaria diversidad biológica. Es, además, hábitat de varias especies amenazadas, entre las que se encuentra nuestro pariente más próximo y carismático, después de bonobos y chimpancés: el gorila oriental, con dos subespecies, de montaña y de tierras bajas. Ir a su encuentro era uno de nuestros objetivos. Y allí fuimos.

Lo inexplotado, lo violento

El marco con el que íbamos a encontrarnos era difícil, intrincado.

Por un lado, la riqueza mineral congoleña es enorme y hace un tiempo se acuñó la expresión “escándalo geológico” para referir al hecho de que esa misma riqueza en recursos naturales -cobalto, uranio, cobre, diamantes, oro, coltan-, sumada a un potencial hidroeléctrico hasta ahora inexplotado, estimuló la presencia de grupos armados y continúa despertando la codicia de los vecinos de la región menos favorecidos por la naturaleza, con mayor densidad poblacional y amenazados por la desertificación.

Por otra parte, la presencia de rebeldes es un asunto cotidiano. En algunos casos, también hay efectivos del ejército congoleño, indisciplinados y mal pagos. Ambos grupos tienen frecuentes enfrentamientos con el cuerpo de guardaparques, los rangers congoleños, héroes indiscutidos de la conservación. A pesar de haber asistido a la muerte de casi un centenar de sus compañeros, el asesinato de familiares, la destrucción de sus viviendas, la masacre de animales; a pesar de padecer la falta de pago de sus salarios, continuaron -y continúan - trabajando con el mismo grado de compromiso, apoyados por las primas compensatorias provenientes de la cooperación internacional. La mayoría de ellos han sido heridos o han sufrido mutilaciones, pero nada les impide realizar sus tareas con total entrega.

En el camino

Viajamos en diciembre del año pasado. Poco antes de nuestra llegada había tenido lugar la segunda vuelta de las elecciones generales. Fueron las primeras que, en 40 años, permitían consagrar democráticamente un nuevo presidente: Joseph Kabila, hijo de Laurent-Désiré Kabila, asesinado en 2001 luego de haber sido el artífice del derrocamiento del presidente Mobutu, que gobernó con mano férrea al entonces Zaire por espacio de tres décadas.

En razón de la ubicación de ambos parques, nuestros anfitriones nos aconsejaron que en lugar de llegar desde Kinshasa, en el extremo occidental, lo hiciéramos a partir de Kigali, la capital de Ruanda, e ingresáramos en el Congo por vía terrestre, desde el Este. Fue así como, a mediados de diciembre, aterrizamos en el mismo escenario donde 12 años atrás, y ante la indiferencia del mundo, fueron masacradas ochocientas mil personas, la mayor parte tutsis y hutus moderados, por parte de la mayoría hutu. Los genocidas ruandeses, en el lapso de horas, ingresaron luego por la misma ruta que nosotros transitaríamos, dispersándose por la República Democrática del Congo y sembrando el germen de un conflicto que se sumaría a las dos guerras civiles que estallaron en el Congo a partir de 1997, cuando llegaron a intervenir seis naciones africanas, en una contienda que se cobró cuatro millones de vidas e incontables desplazados.

El trayecto entre Kigali y Goma -la ciudad congoleña próxima a Virunga-, de poco más de tres horas, nos llevó a recorrer el “país de las mil colinas”, como se conoce poéticamente a Ruanda, en un pequeño bus colmado de hutus y de tutsis. El paisaje, de un verde intenso y suaves ondulaciones, se veía matizado con cultivos de té, café, mandioca y papa. A medida que nos internábamos era evidente que ingresábamos en tierra de gorilas. No por nada fue allí que vivió y murió la investigadora estadounidense Dian Fossey, que dedicó 18 años de su vida al estudio del gorila de montaña, provista sólo de un cuaderno de notas y un par de prismáticos, con lo que logró desmitificar el carácter agresivo del mayor de los primates.

Policías de tránsito con uniformes amarillo furioso y azul, soldados, fuerzas de paz de Naciones Unidas... La presencia de uniformados (y armados) es uno de los rasgos más llamativos del paisaje humano congoleño, junto con la de misioneros y ONG internacionales vinculadas mayoritariamente con la conservación y las cuestiones humanitarias.

El programa de nuestra visita debió ser reajustado por la presencia de grupos rebeldes del general disidente Laurent Nkunda. Las oficinas de la Monuc -fuerza de paz de Naciones Unidas en ese país, presente desde 1999 - en Goma y Bukavu nos brindaron apoyo logístico.

Los ataques perpetrados horas antes de nuestra llegada por grupos irregulares contra las patrullas del sector sur de Virunga nos impidieron visitar los gorilas de montaña, aunque no de recorrer varias estaciones del parque más antiguo del Africa, observar las consecuencias de la guerra e interiorizarnos de la situación de los rangers y de las viudas de los caídos en cumplimiento de sus funciones. La amenaza severa sobre elefantes e hipopótamos, la existencia de más de 35 puestos militares, la destrucción de estaciones de patrullaje y el robo de instrumental, así como el trabajo en condiciones excepcionalmente difíciles, fueron sólo algunas de las situaciones que nos tocó presenciar.

El encuentro con nuestro primo africano se produjo hacia la Navidad, en Kahuzi-Biega, en medio de una recepción legendaria por parte del cuerpo de rangers y sus familiares, viudas de compañeros caídos, comunidades de pigmeos y bailarines tradicionales con el tocado de cola de colobo. El jefe del sitio nos explicó la razón: era la primera visita importante después de la paz. La seguridad brindada por un contingente del batallón paquistaní de la Monuc añadió un elemento interpretado como una implicación positiva de la fuerza de paz en la conservación del sitio, fuerza que debería consolidarse como un aliado clave en las operaciones de los rangers.

El lomo plateado Chimanuka, con sus imponentes 200 kilos y su metro noventa, y parte de su harén nos recibieron complacidos.

Allí se recordó que la explotación ilegal de coltan -mineral utilizado en teléfonos celulares, computadoras y juegos electrónicos- en las zonas bajas del parque por hordas de excavadores clandestinos fue causa de un enorme daño ambiental que provocó la muerte de gorilas y elefantes.

Los contactos con los principales actores de la situación que hoy vive este país fueron enriquecedores. El ejército, la iglesia, las ONG, las comunidades locales, los rangers, las asociaciones que congregan a las mujeres víctimas de violaciones, los jefes locales, la prensa, las autoridades políticas, la Monuc y actores relevantes de la conservación nos conmovieron con relatos en los que quedó reflejada la necesidad de terminar con la situación de inseguridad como precondición para la recuperación -y para evitar la pérdida definitiva- de un patrimonio excepcional, que es también de la humanidad y que merece ser preservado para el bienestar del pueblo congoleño, su primer depositario.

El pedido que nos hicieron nuestros anfitriones, como testigos privilegiados que fuimos de la etapa que comienzan a transitar, fue transmitir a la comunidad internacional, comenzando por el pueblo argentino, el profundo anhelo de paz del pueblo congoleño. Su enorme deseo de abrirse al mundo y superar definitivamente las atrocidades de la guerra.

Por María Susana Pataro

María Susana Pataro es embajadora de la República Argentina, miembro del Comité del Patrimonio Mundial (2001-2005). Asesora a la Dirección Nacional de Conservación de Areas Protegidas de la Administración de Parques Nacionales.

 

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