Memorias personales del Pro-APSEN PDF Imprimir Correo electrónico
Listados - Colaboraciones

May Lorenzo Alcalá, Embajadora.

La memoria es benignamente selectiva por lo que solemos olvidar con mucha facilidad las malas épocas, por ejemplo, cuando no teníamos una Asociación Profesional que defendiera nuestros derechos o que, cuando intentamos crearla, fuimos perseguidos, amenazados directa o indirectamente y, algunos, hasta separados de la Carrera. Por eso me parece saludable hacer un ejercicio de memoria y relato colectivo, para que algunos episodios que no están registrados en documentos y que hacen a la historia de nuestra Carrera, no se pierdan irremisiblemente con los protagonistas.

No recuerdo todo lo que pasó entre 1973 y 1975, período que llamo Pro-Apsen, por lo que este texto no es nada más que una pequeña provocación, la punta del hilo para que otros colegas que fueron parte de la aventura vayan completando el relato.

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Varias generaciones de diplomáticos ignoran o conocen solo de oídas los años en que los funcionarios realmente profesionales éramos un porcentaje mucho menor de los que habían ingresado por méritos políticos y por cualquier categoría del escalafón. Más aún, parecen remotos aquellos tiempos en que el autoritarismo imponía el reino del terror, promoviendo la delación, la traición y el soborno encubierto, en forma de traslado o ascenso.

Los que pertenecemos a las primeras promociones del ISEN -como en mi caso a la quinta - comprendimos rápidamente que la vuelta a la democracia en marzo de 1973, más allá de banderías políticas o ideológicas, iba a implicar algún tipo de selección del personal diplomático preexistente en razón de su competencia profesional y, por precedernos ocho años de gobierno militar, de su compromiso con las instituciones republicanas y la Constitución.

El criterio político que parecía prevalecer entre las autoridades de ese momento que se corporizaban, en la Cancillería, era el siguiente: debían ser considerados de carrera sólo aquellos funcionarios que habíamos ingresado por el ISEN, los que ingresaron por concurso cuando no se habia creado el ISEN, o aquéllos que se habían incorporado por la categoría inferior del escalafón, cuando no había ni concursos ni ISEN. La cabeza visible de esa renovación eran el (entonces) Ministro Ernesto Garzón Valdez - funcionario respetado y admirado por muchos de los “juniors”, pero envidiado y aborrecido por el stablishment- a cargo de la Dirección General de Política, una suerte de Dirección General, y en Presidencia, el (entonces) Ministro Mario Cámpora,.

Esa concepción era completada con la manifestada voluntad del Presidente Cámpora de enviar al Congreso un Proyecto de Ley para poner en disponibilidad a los funcionarios no comprendidos en esas categorías, los que no necesariamente serían cesanteados sino que se buscarían fórmulas de jubilación o retiro anticipado, a efectos de que pudiera sanearse el Cuerpo sin infligir perjuicios económicos o agravios personales a los funcionarios que iban a ser separados de la Administración.

Paralelamente a ello, y en los años subsiguientes, se llamaría a concurso para cubrir una cantidad de vacantes de Agregado (así se llamaban entonces los alumnos del ISEN), que repusiera a corto y mediano plazo la plantilla de diplomáticos de nuestro pais.

Esa utopía de un Cuerpo estrictamente profesional y democrático tuvo muy corta vida. Con la renuncia del Presidente Cámpora otros vientos soplaron en el Ministerio. El Canciller Alberto Vignes, de triste memoria -que había sido exhonerado por orden de Evita debido a un oscuro affaire con bienes de judios retenidos a cambio de visas en Berlín- fue designado en el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores por su estrecho vínculo con José López Rega y la pertenencia de ambos a la Logia P2.

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En cuanto Vignes asumió, los rumores sobre cesantías discrecionales comenzaron a circular. Urgidos por estas presunciones agoreras, un grupo de funcionarios de carrera, que ya habíamos sentido la necesidad de una entidad profesional- gremial y que, por amistad, respeto y admiración, nos nucleábamos alrededor de Garzón Valdez, comenzamos a reunirnos casi clandestinamente con la idea de constituir una institución que nos defendiera de los posibles embates de Vignes.

Las sucesivas convocatorias a reuniones preparatorias se concretaron, por su cercanía al Ministerio, en la casa del Secretario Adolfo Saracho; asistíamos regularmente Esther Malamud y yo, por entonces Terceros Secretarios y las más junior del grupo; Juan Carlos Olima, Adolfo Nanclares, Juan José Uranga, Guillermo González, Elsa Kelly y una decena más de colegas. Intercambiábamos ideas básicas para la creación de una institución gremial, pero con un enfoque marcadamente defensivo, de acuerdo a las amenazas que se cernían sobre nosotros y que pocos meses después demostrarían no ser producto de la paranoia.

Tal vez como una forma de velada advertencia, mecanismo intimidatorio al que la mente retorcida del Canciller Vignes era muy afecta, se tomó la libertad de designar por Decreto y en abierta contradicción de la Ley del Servicio Exterior, entonces plenamente vigente, a cuatro o cinco Secretarios de Embajada, entre ellos al hermano de su secretaria privada, sobre cuyo insuficiente cociente intelectual casi no había dudas.

Con el decorrer de las reuniones fue inevitable que alguna información sobre lo que estábamos "tramando" se filtrara, especialmente después de que iniciamos una ronda de entrevistas con legisladores de los diferentes partidos que, necesariamente, tendrían que participar de la elaboración y posterior sanción de la Ley de Prescindibilidad generalizada que no respetaría, en el Servicio Exterior, ni origen ni formación; por lo que algunos viejos conservadores de la Casa nos llamaban jóvenes turcos o jacobinos.

Tal vez como contrapartida, varios colegas se nos acercaron manifestando querer colaborar con nuestra quijotada; entre ellos había gente bien intencionada, pero también espías y delatores.

Sancionada la primera Ley de Prescindibilidad en la Administración Pública, que no ponía ninguna limitación al Poder Ejecutivo sino indefinidas razones de servicios que no afectarían el buen nombre y honor de los cesanteados (y, además, permitía llenar las vacantes generadas por Decreto, lo que legitimaba la designación de aquéllos y otros Secretarios), comenzó el tan temido reino del terror.

Como entre las múltiples “virtudes” de Vignes había un claro sadismo, no firmaba una resolución colectiva, sino individuales casi diarias; uno respiraba aliviado por la mañana cuando se enteraba que no era el elegido, pero temblaba por la noche temiendo la noticia del día siguiente. Ese sadismo no era ingenuo, procuraba y lograba defecciones y traiciones en procura de la salvación personal.

Si bien las razones por las que, se decía, Vignes tomaba estas venganzas cotidianas cubrían el espectro más amplio de la arbitrariedad - desde situación irregular familiar (sic), hasta los tintes ideológicos progresistas (los rojillos), pasando por acusaciones que sus esbirros le hacían llegar y sobre las que el funcionario no tenía la menor posibilidad de defensa, porque ni siquiera las conocía a ciencia cierta- había algunas francamente grotescas, como el caso de Jorge Vehils, que revistaba en Personal y llamó a su colega Carlos Castilla, en Oslo, para avisarle que recibiría el colacionado y al dia siguiente fue receptor del propio.

Cada cabeza que caía surgía un rumor, generalmente iniciado por un esbirro, que se enriquecía involuntariamente por la fantasía popular, sobre faltas inconfesables o absurdos prejuicios que hoy serían, ambos, faltas y prejuicios, motivo de carcajadas.

Pero corrían otros tiempos y, ya indefensos por una norma que legitimaba la arbitrariedad, sufrimos las más variadas e imaginativas condenas: a Ernesto Garzón Valdez se lo trasladó a Alemania -todo un sueño para él que había sido formado en la filosofía del derecho gestada en Heilderberg- y dos meses después dejado cesante, para la perplejidad de la autoridades del país receptor. Otros fueron separadados de la Carrera sin mayores clarificaciones y, los que tenían alguna protección política, trasladados a destinos que perturbaban su vida familiar o eran claramente indeseables para el funcionario.

Pero claro, hubo algunos favorecidos: los soplones y corruptos. El caso más paradigmático fue el de un infiltrado que, después de la disolución del núcleo duro de los gremialistas por las razones que comenté más arriba, fue designado Director de Prensa con rango de Consejero, cuando se trataba de un Secretario de ingreso ilegítimo y capacidades más que discutibles. Pero también hubo ascensos meteóricos como demostración de los premios que recibían los que se portaban bien, a juicio del Canciller y su entorno.

Es interesante señalar que, además de frustrarse la creación de aquello que pudo ser el APCPSEN, la "limpieza ideológica- moral" de Vignes facilitó mucho la tarea de los militares cuando, en 1976, tomaron el poder. Sólo tuvieron que cesantear un treinta por ciento de los desangrados de la Carrera en el período inmediatamente anterior, formalmente constitucional.

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Quiero aquí hacer un pequeño recordatorio sobre un asunto que me obsesiona: yo volví a la Carrera con la Ley de reparación que se sancionó al inicio del nuevo período democrático (1983), he sido reconocida profesionalmente, desarrollé una vida intelectual paralela muy satisfactoria y soy personalmente feliz. Tuve la oportunidad, y la sigo teniendo, de servir a mi Pais y de disfrutar de un estilo de vida muy enriquecedor espiritualmente por el conocimiento de gentes diferentes, países y culturas.

Pero lo que generalmente no se tiene en cuenta es lo que la Nación ha perdido por arbitrariedades generalizadas como la que yo, en petite histoire, he contado. Ya se que en el campo de la ciencia y de la cultura ha pasado lo mismo, pero nos toca a nosotros concienciar sobre la profesionalidad diplomática y el manoseo inescrupuloso que se hace de ella.

Los países serios, a los que los políticos argentinos reiteran querer emular y nuestra gente añora hasta emigrar, tienen diplomacias profesionales sin fisuras. No hay cirujanos de cerebro políticos, como no deberían improvisarse diplomáticos. Perdemos cirujanos de cerebro de la misma y absurda manera que diplomáticos geniales.

Por eso, más allá de que me desvie del objetivo de hablar del Pro Apsen, quiero dar tres ejemplos de frustraciones que provocó la arbitrariedad de Vignes: dejó cesante a Ernesto Garzón Valdez, como dije, a dos meses de trasladarlo a Alemania. El país receptor se quedó con esa cabeza privilegiada; Ernesto fue nombrado Profesor Titular de Filosofía del Derecho y, cuando el Presidente Alfonsin nos reincorporó, él viajó a Buenos Aires para disculparse. Tenía una vida serena y placentera, una jubilación garantizada y no muy lejana, ¿por qué dejar todo eso por una inestable posteridad, seguramente mal remunerada?.

La posición que imaginamos de Garzón Valdéz no es solo atendible sino seguramente compartida: no tenemos un pais muy reconocido con los profesionales serios y decentes, sino más bien lo contrario. Una de las mejores cabezas de la diplomacia argentina de los últimos cincuenta años se quedó en Alemania no por comodidad, sino por un "cacho de tranquilidad", como diría Mendieta.

En el mismo lote se intentó recuperar para el Ministerio a mi compañero de promoción Horacio Harguindey. Entonces, en 1983, después de seis años de cesanteado y con treinta y tantos años, era Vicepresidente del CityBank de Argentina y lo reincorporaban como Segundo Secretario, con la perspectiva de quedarse dos años en el pais con doscientos dólares de sueldo porque había que reciclarse - decían los colegas que se habían quedado durante la dictadura. Como escribió en su carta al Cancilller Dante Caputo, agradecía la reincorporación como una reparación moral, pero su vida había seguido otro curso, del que no podía volver atrás.

Sólo son dos ejemplos de profesionales que fueron formados por nuestra Cancilllería y que otros países u otras estructuras aprovecharon para su propio rédito. Pero el caso más patético y doloroso es el de Carlos (Charlie) Castilla. Era un diplomático de raza, profesional, bondadoso y exigente al mismo tiempo, atento a las necesidades del servicio y considerado con la vida personal de sus colegas.

Tuvo la mala fortuna de ser, como Primer Secretario, Jefe de la Secretaría Privada del último Canciller de Lanusse, Eduardo Mc Loughlin, cuando el siniestro Canciller Vignes estaba en gestación. Siendo este Presidente de la Asociación de Retirados, era una molestia continua para el entonces Canciller, especialmente por sus antecedentes y porque vivía en el edificio de su propiedad, en la Av. Santa Fé entre Esmeralda y Suipacha, donde funcionaba en la plata baja la Confiteria “Queen Bess”, hoy cerrada. Por ello, casi desde su ventana, veía si el auto del Canciller estaba estacionado en la entrada de Esmeralda; entonces cruzaba la calle e increpaba al pobre Charlie, quien, respondiendo a instrucciones de su jefe, decía que el Canciller no estaba. El señor Vignes juró vengarse en quien podía hacerlo -el hilo se corta por lo más fino.

En cuanto asumió y sin ley de prescindibilidad que lo amparara todavía, preguntó quienes eran los funcionarios acreditados en la ONU, a donde debía viajar para la Asamblea de 1974. Dio orden de que varios que no eran apreciados por él, fueran trasladados a otros destinos de inmediato, para que no estuviesen en Nueva York a su llegada, pero a Charlie le dio 48 hs., tanto que su mudanza tuvo que hacerla un colega. Lo trasladó a Oslo y dos meses después, como a Garzón Valdez, lo dejó prescindible.

Charlie consiguió un puesto de Naciones Unidas en Ginebra, pero un año después se suicidó. No quiero especular si la causa de esa drástica decisión fue la frustración profesional, pero seguramente la Nación Argentina ha perdido excelentes diplomáticos y colocado gente en lugares para los que no estan capacitados, por falta de respeto por la diplomacia profesional lo que es como dejar a un simio operar cerebros con un cuchillo de cocina.

 

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