Relato de la Visita al Parque Nacional de Kissama PDF Imprimir Correo electrónico
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Una Aventura Africana

Eduardo Bustamante, desde el Parque Nacional de Kissama, Provincia de Bengo, República de Angola. Especial para la Gazeta Diplomática.

Finalmente, después de dos meses y pico de haber llegado a Luanda, pude entrar en el áfrica. Luanda es una ciudad como todas, donde lo urbano oculta cualquier rasgo de naturaleza. El muy demorado encuentro con lo salvaje, que formaba parte del atractivo de este destino fuera de la “Línea Revlon”, fue magnífico.

Salir de la capital de Angola no es fácil. Baste señalar que la última estación de servicio está a 15 km del centro de la ciudad. Después: la nada. Y que en el bolsillo hay que llevar el pasaporte. El puente sobre el río Kwanza está custodiado por el ejército -nos dijeron- y siempre piden los documentos de los viajeros.

Partimos en tres camionetas 4x4, equipadas como para descubrir la fuente del Nilo. Comandaba la expedición George Portugal (ignoro si el apellido es real, o simplemente es un nom de guerre), quién forma parte del núcleo de aventureros de Angola, con varios rallies Paris-Dakar bajo el radiador, y organizador de la versión local, el Raid Cacimbo.

El objetivo: un fin de semana de exploración. Las tres familias que me invitaron partían en búsqueda de terrenos vírgenes frente a la costa del Atlántico para hacer una reclamación de tierras e instalar un proyecto inmobiliario propio. La aventura describe el espíritu de Luanda hoy: como el Lejano Oeste de las películas con un toque de Fiebre del Oro. Todo está por hacerse, y todos quieren volverse millonarios.

Luego de 70 km rumbo sur por uno de los pocos caminos asfaltados, llegamos al puente sobre el río Kwanza. El paisaje seco, semidesértico, con vegetación achaparrada y el clásico Imbondeiro (árbol con cierto parentesco al Baobab) dio paso a unos densos manglares que pueblan la orilla de este río majestuoso que drena las tierras altas y desemboca en el Atlántico. Efectivamente, el puesto estaba custodiado por el ejército. Sin embargo, la seguridad era laxa por demás, y luego del pago del peaje por usar el puente, continuamos sin más demoras “milico-burocráticas”. Este río marcaba la última línea de defensa de la capital frente a las incursiones de UNITA y los comandos de la Sudáfrica del Apartheid. Varias veces destruido y reconstruido, tiene ambos lados minados -carteles de “Perigo! Minas!” y un vehículo de combate de infantería, de aspecto soviético y carbonizado, hacían que cualquier comentario al respecto resultara superfluo.

El oasis de verde y frescura no supera más que un par de centenas de metros a ambas orillas del río. Luego el desierto vuelve, implacable.

Verdaderamente entrábamos a áfrica. El áfrica de Livingston, Stanley, Burton y Speke; de Schwaitzer, Kruger, y Cecil Rhodes. Pero también el áfrica de Lumumba, Kabila, Mobutu, Agostinho Neto, Amilcar Cabral y Robert Mugabe.

Nos cruzábamos por el camino -cuyo último asfalto y mantenimiento fue realizado antes del 75- con candongueiros cargados hasta el techo de gente. Candonga, dícese del transporte popular barato. Candongueiro: transportista, pero significativamente el diccionario nos da otra definición: usurero. Pasábamos al lado de villorrios paupérrimos de pescadores, y de cuando en cuando, teníamos que evitar cabras y algunas de las vacas más flacas que viera en mi vida.

De la búsqueda de tierras, de Cabo Ledo, de la cantera abandonada, de la playa virgen al pie del morro, de las olas en tubo interminables, de todo eso -se quedarán con las ganas y tendrán que esperar a próximos relatos. El objetivo ahora es describir lo que encontré a la vuelta, cuando hicimos noche para descansar en Kissama.

Nos separamos del camino principal (no quiero decir asfaltado, porque mentiría) y nos internamos rumbo Este. Una huella despareja no llevó al frente de una mal mantenida barrera. El cartel de bienvenida indicaba que estábamos entrando al Parque Nacional de Kissama, y que 50 km nos separaban de Kawa. Vaya uno a saber qué cuernos era Kawa! y por qué tendríamos ganas de sacudirnos por aquella huella despareja para llegar a esa enigmática localidad?

Más paisaje achaparrado. Más imbondeiros. Más tierra arenosa, tirando a colorada (pero mucho más pálida y árida que la rica tierra misionera). Más calor. Más áfrica.

La recompensa: cruzar un portón de madera, con lejano (muy lejano) aire a Jurassic Park, y una cerca electrificada de dos metros y medio de altura, y entrar en un pequeño oasis en la cima de las barrancas que custodian el río Kwanza, y un paisaje interminable al frente. Kawa era, pues, la base principal del parque. Pequeños bungalows, algunos simpáticos macacos, y un administrador angolano-portugués hablador, completaban el cuadro.

Era emocionante ver como todo estaba por hacerse. El fin de la guerra les permite a los angolanos reconstruir su país, y soñar con competir con los grandes parques naturales de áfrica.

El área, zona militar durante la guerra civil, es ahora zona protegida por el ejército, quien tomó a su cargo la tarea de repoblarla de animales (exterminados por hambre y guerra, claro). Pero con bastante sentido común, han dejado las tareas de cuidado de los animales a la Fundación Kissama -que cuenta con el apoyo de la Universidad de Pretoria-; los bungalows están concesionados al portugués simpático y charlatán.

Los animales eran apenas un puñado. Dos horas en un Unimog apestoso (que me recordara con nostalgia a mis días de colimba) nos permitieron ver a las únicas 6 jirafas y alrededor de veinte cebras. Algunos antílopes, y un majestuoso ñu, completaron el recorrido. Que el camino hacia el río estuviera intransitable, y por lo tanto que no se pudiera visitar la zona de los elefantes e hipopótamos, no importó tanto. Finalmente estaba ahí. Ya sabía como llegar y ahora, solo puedo soñar con volver y quedarme una semana.

Quiero volver, y recorrer -bajo el calor implacable- esas picadas. Quiero rastrear las manadas de antílopes, e intentar sentirme aunque sea un poco como el gran cazador blanco de los cuentos de Kipling. Quiero dormir (dormir?) varias noches interminables bajo esas estrellas africanas- Porque estoy donde quería estar. Porque encontré lo que vine a buscar.

Secretario de Embajada Eduardo Bustamante
Embajada de la República Argentina en Angola

 

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