Extracto del libro “Mundos Diferentes - Recuerdos de un diplomático”, por Horacio Basso PDF Imprimir Correo electrónico
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Extracto del libro recientemente publicado (Diciembre 2006 - Ediciones Lumiere) “Mundos diferentes - Recuerdos de un diplomático”, por Horacio R. Basso.

Viaje a la Línea de Control

Los jefes de misión habíamos sido invitados a conocer la LdC en grupos, porque el espacio en el puesto fortificado que visitaríamos era limitado. El viaje en helicóptero de unos cuarenta minutos, más otros tantos en jeep por un camino de montaña apenas insinuado, se postergó dos veces por mal tiempo; estábamos en noviembre y se aproximaba el invierno cachemiro, que no es broma.

La línea tiene unos trescientos kilómetros de longitud y no está demarcada en el terreno o sea, que para quien no tiene experiencia o acceso a mapas militares es difícil saber si un determinado lugar se encuentra del lado indio o paquistaní. Paquistán no la considera una frontera porque eso le daría carácter definitivo, sino sólo eso, una línea imaginaria, determinada por las posiciones que ocupaban las tropas al finalizar la guerra de 1971.

Durante años y casi a diario ambos ejércitos han intercambiado disparos a través de la línea. Las hostilidades habían cesado en abril, es decir, pocos meses antes de nuestra visita, después que en un discurso dicho en Srinagar, la capital de la parte de Cachemira que controla la India, el primer ministro Vajpajee dijo que tendía a sus vecinos "una mano de amistad". Pero mis colegas y yo pudimos oir disparos distantes de ametralladoras pesadas, mientras nos hablaba un oficial obviamente capacitado en relaciones públicas.

Dijo cosas interesantes. En las aldeas de ese sector viven unas cuarenta mil personas y no es posible evitar que visiten a parientes y amigos que viven del otro lado. Cuando los indios cometen una atrocidad la reacción inveterada de esos lugareños es buscar venganza. Durante el año anterior los indios violaron el cese del fuego en ciento treinta y dos oportunidades, con artillería, morteros y armas livianas, y causaron cuatrocientos nueve muertos y mil seiscientos heridos civiles, entre ellos muchos chicos, víctimas de pequeñas minas anti-personal que tienen colores llamativos. Varias escuelas han sido destruidas. Las fuerzas paquistaníes nunca inician un ataque, pero reciprocan cada vez batiendo exclusivamente blancos militares. Del río Jelum -que corre muy cerca del puesto de observación en que estábamos- se han recogido centenares de cadáveres, muchos de ellos mutilados. Durante 2002 se vivieron momentos de extrema tensión cuando la India desplegó divisiones de ataque. El Grupo de Observadores Militares de las Naciones Unidas para India y Paquistán -UNMOGIP- (conocí oficiales uruguayos y chilenos que lo integraban) puede desplazarse libremente del lado paquistaní, y durante el último año había confirmado ciento ocho violaciones del cese del fuego, pero del lado indio no se les permite salir de Srinagar en verano y de Jammu en invierno. El ejército paquistaní presta asistencia médica a los pobladores y les construye caminos y búnkers. La moral de sus efectivos es alta porque están bien entrenados, equipados y aprovisionados; están destinados en la línea durante tres años, con un régimen de licencias apropiado.

Esa noche, en una recepción en Islamabad, le comenté al encargado de negocios de la India la información que había recibido y su respuesta fue que hay una relación entre los ataques y el terrorismo transfronterizo, que los paquistaníes a veces abren fuego para facilitar la infiltración de terroristas, y que las escuelas destruidas eran en realidad campos de entrenamiento.

El viaje me permitió entrever la belleza del paisaje cachemiro, que parece europeo, con sus montañas, sus bosques y sus inviernos nevados. Cuántas tragedias han pasado desde aquellos tiempos en que jubilados ingleses se quedaban a vivir en Srinagar, y las casas flotantes en el lago eran el lugar soñado para una luna de miel.

 

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