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Elegía Para Jorge Vázquez (1943-2007) Cómo quisiera que la memoria me trajera ahora mismo el recuerdo del momento preciso de nuestro primer encuentro en ese querido Santiago del 72. Porque podría llenar pantallas y páginas enteras contando nuestras andanzas y charlas de ese tiempo de las gratas comidas con amigos acompañadas por el buen vino del país y el humo constante de los entonces inevitables cigarrillos. Porque todo lo recuerdo casi como si lo estuviese viviendo ahora mismo a pesar de los más de treinta años transcurridos y sin embargo no puedo precisar ese instante mágico y valioso en que por vez primera nos estrechamos las manos y nos dimos un abrazo para fundar esta amistad que no se ha terminado porque ahora hayas partido seguramente hacia el mismo lugar desde donde hace 64 años te fuiste para llegar aquí y comenzar a vivir: intensamente románticamente políticamente estéticamente utópicamente poéticamente caóticamente en el amor a la mujer y en la amistad al hombre. Ya llevabas varios años en Santiago cuando yo llegué y me enseñaste entrañablemente a quererlo. En el recorrido de sus calles de sus librerías y museos en los boliches del mediodía y de la noche comenzando por Da Carla recibidos por la querida Gorda que festejaba tu llegada como una canción. Porque todos los lugares de Santiago se alegraban con tu presencia. Y recuerdo también los muy queridos almuerzos en tu casa donde oficiaba de tío en esa mesa fuerte y grande de madera noble presidida por la dulce Teté con el centro frutal y los platos generosos en medio de las voces cantarinas de los niños todos nacidos en esos años de esperanzas tan pequeños todavía. Por mi parte transformé de inmediato la burocrática oficina cultural de Miraflores en un gran living que cerrada la jornada laboral se abría a los amigos para disfrutar de la música de Buenos Aires nerudiando la poesía los buenos tragos y la charla recayendo inevitable en la política con nuestra loca y vana pretensión de no sólo comprender sino además modificar el mundo. También recuerdo tu guitarra y tu voz profunda a lo Falú cantando mi zamba “Muchacha Ausente” a veces desde la vereda de la calle Merced en reemplazo del aburrido timbre para que yo bajara y me uniera al grupo en el viaje hacia la noche que siempre terminaba en un boliche amigo de la Plaza de Armas donde prácticamente hacia las dos o tres de la mañana terminabas dirigiendo la función y lo cerrabas. Recuerdo también los viajes a Valparaíso en ese castigado Torino que tenías porque Valparaíso era una de las ciudades más lindas del mundo. Después nos acercábamos a alguno de los buenos restaurantes de Viña para disfrutar de los mariscos y el vino blanco frente al Pacífico azul y frío más frio que el propio vino helado. Cómo olvidarme de nuestros vanos intentos de convencer a los demócratascristianos de que el golpe si se daba se los iba a devorar transmitiéndoles nuestras tan lamentables experiencias sobre golpes militares. Yo que había nacido con la caída de Irigoyen y vos con el golpe militar del 43. Otro de los recuerdos que hoy atropellan mi memoria es sobre lo lindo que era llevar en los baúles de nuestros autos todo lo que comprábamos en Mendoza para romper el desabastecimiento que había en Santiago llegando luego a las casas de nuestros amigos chilenos con todo lo que venía faltando para tener siempre la vida completa como si nada pasara en medio del drama que día a día nos cercaba. Después y de pronto sin darnos tiempo siquiera a reaccionar te obligaron a irte a dejar Chile pero quedó para después del 11 de marzo. tu promesa de volver. Y así fue que nos dejaste a Victor Fazio a Jorge Las Heras a Miguelito Almada y a tantos otros amigos esperándote. Pero vino el maldito septiembre del 73 con el tragico golpe y finalmente también yo me tuve que ir. Pasó el tiempo pasó la vida y tardamos veinte años para juntarnos en Chile otra vez pero solo a Gardel le pareció que veinte años no es nada. En cambio nosotros supimos que era mucho porque habían ocurrido demasiadas cosas buenas y malas en esos veinte años pero las malas te hicieron tanto pero tanto daño que hoy que te fuiste y esta vez definitivamente sin la promesa de volver sólo puedo entonces decirte o confesarte con los hermanos Expósito también hermanos nuestros: “Después, ¿qué importa del después? Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado. Eterna y vieja juventud, que me ha dejado acobardado como un pájaro sin luz! “ ALBINO GÓMEZ Buenos Aires, marzo 20 de 2007
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