Carlos Muñiz, un gran argentino PDF Imprimir Correo electrónico
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Carlos Muñiz, un gran argentino

Diario La Nación
Lunes 26 de Noviembre de 2007

No es habitual que en un espacio dedicado a difundir la opinión editorial se haga lugar a consideraciones sobre la personalidad de un ciudadano que ha dejado recientemente de existir. Tampoco es habitual que un coterráneo haya desaparecido en medio de una consternación casi unánime por los muy altos servicios prestados al país.

El doctor Carlos M. Muñiz fue actor de acontecimientos de la vida pública argentina que aún se debaten como parte del pasado inmediato. En esos debates, la pasión efervescente y la arbitrariedad de las interpretaciones puestas al servicio de los intereses del momento prevalecen por encima del juicio equilibrado de la historia. Pero con Muñiz ha ocurrido, afortunadamente, el hecho excepcional de haber sido su obra exaltada por igual desde los ámbitos más diversos de la política nacional. No ha habido necesidad del transcurso de un tiempo reparador de nada.

La pérdida de cualidades institucionales está en la base del desmerecimiento argentino ante el mundo y ante los argentinos dispuestos a ahondar en reflexiones sobre su destino como nación y a extraer conclusiones carentes de vanas complacencias. De modo que si alguien, dotado por añadidura de perspicacia, se traza como objetivo de toda una vida la construcción de instituciones, le presta al país servicios notables allí donde se hace más necesario contar con esfuerzo y con perseverancia.

Con haber sido mucho lo que Muñiz dio a la Argentina en los diversos campos de su actuación, hay dos contribuciones legadas por él que alcanzan para justificar la poco común dimensión de "constructor de instituciones" que, con indudable autoridad, se le adjudicó en un homenaje tributado por la Academia Nacional de Ciencias Políticas y Morales. Una fue el impulso fundador del Instituto del Servicio Exterior de la Nación, hecho durante su gestión como canciller durante el gobierno del doctor José María Guido. Otra, la creación, en 1978, del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI).

Ambas iniciativas se correspondieron con la visión de quien comprendía que en la modernidad los asuntos de la política exterior están llamados más que nunca a ocupar un lugar de jerarquía principal entre las preocupaciones suscitadas por el manejo consciente de los negocios públicos del país. Pobres los países, en efecto, que supediten a los vaivenes diarios de su política interna los intereses permanentes nacionales que sólo una política exterior previsible, continuada y responsable puede contener en debida forma.

Con la creación del Instituto del Servicio Exterior, ya a fines de los años sesenta del siglo último, los cuadros del Palacio San Martín comenzaron a poblarse con profesionales preparados específicamente para la delicada función de atender las cuestiones externas del país. Fue un proceso lento, pero sólo quienes conocieron por propia experiencia el pasado diplomático argentino pueden apreciar lo que significó dejar atrás un período en que cualquier posición diplomática podía ser cubierta por advenedizos que llegaban a ella empujados por olas sucesivas de la presión y las influencias políticas. Algunos de esos males se han prolongado en el tiempo, pero han debido vulnerar escollos legales y de legitimidad desconocidos hasta entonces.

La obra cumbre de Muñiz fue la constitución del CARI. Lo fundó en circunstancias en que la dictadura militar tropezaba con serias dificultades en el contexto internacional. Eso sin perjuicio de que no pocas veces hubiera estado asistida por la sorprendente (para los más jóvenes) colaboración de los países de la órbita soviética. En tal comedimiento, la Cuba de Fidel Castro, como parte de esa órbita, prestaba al servicio de los militares argentinos uno de sus brazos, porque el otro lo entretenía en adiestrar a organizaciones terroristas. El CARI obró como un puente destinado a romper aquí y allá el aislamiento argentino y a preservar o establecer vínculos fructíferos, desde el conocimiento académico hasta los intereses prácticos de la Nación, con líderes y figuras gravitantes en la diplomacia y la cultura mundiales.

No es un dato menor, en cuanto a lo que se lleva señalado hasta aquí, que el espíritu de Muñiz estuviera animado por un sentido abierto y generoso de la política. Desde su nacimiento, hubo en el CARI lugar para las más variadas expresiones del pensamiento político nacional. Una institución de miras tan elevadas no pudo dar lugar, sino a invariables expresiones de confraternidad entre argentinos y de éstos con infinidad de talentosas personalidades extranjeras. Ha irradiado sabiduría y prudencia. "En toda cima -habría vuelto a decir Goethe con intención- hay calma."

Queda, pues, también esta institución como emanación natural de un académico, diplomático y profesor universitario en cuyo carácter la cortesía trasuntó el don de la tolerancia y el respeto por los demás. Como lector de Ortega y Gasset, Muñiz sabía que "la ley, como la cortesía, son finos artificios de muelles interpuestos entre los hombres con el fin de intentar que la convivencia consista un poco en otra cosa que en morderse la nuez unos a otros".

 

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